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Y así, con una púdica tosecilla que delataba sus intenciones, se levantó del sillón. Él había vivido de componer letras, pero tenía otra pasión secreta a la que una vida de renuncias -y miró a su mujer- no le había permitido consagrarse. Querría haber sido autor teatral y no le faltaban desde luego cualidades, una de sus obras había merecido los elogios del mismísimo Buero Vallejo. Aquella amable visita trabajaba en la televisión, quizás podría intentar adaptar alguna de sus obras. Cuando Marcos quiso darse cuenta, una carpeta de un cartón rojo y ministerial mostraba sobre la mesa su panza hinchada, rebosante de folios escritos a máquina, promesa de un tenaz aburrimiento. Un mareo le inmovilizó. Incapaz de girar la cabeza o responder algo concreto, quedó del todo inerme. Tras una agotadora exposición de los argumentos que consideraba más logrados, el súbito autor, poseído por un funesto vigor, acabó decidiéndose por un monólogo en un acto que había escrito pensando en “una Nuria Espert”.

Leyó la obra, la leyó íntegra durante treinta vastos minutos, abundantes en balbuceos, borborigmos e insustanciales glosas al margen, mientras su mujer no se atrevía ni a respirar. La obra era un bodrio. Al abrirse el telón una mujer, una señora educadísima, llamaba a un amigo de confianza anunciando que acababa de matar a su marido en un ataque de celos. Lo excepcional de la obra es que, pintorescamente, había sorprendido a su marido con otro hombre. Su autor se declaraba partidario de un teatro “de tesis” y en esta pieza abordaba el tema del “homosexualismo” con ideas dignas del doctor López Ibor. Simplificando, unos homosexuales lo son de nacimiento, otros son víctimas de un exceso de sensibilidad estética y finalmente otros lo son por vicio. El hombre se preguntaba si quizás todo no sería demasiado atrevido para el momento. Mi amigo intercambiaba miradas con su mujer, de cuyos ojos iba desapareciendo poco a poco la recobrada juventud. Un vacío denso se apoderó de la habitación. Marcos sentía un odio vivísimo, acompañado de fantasías de exterminio.

La obra termina sin previo aviso con un “sólo dios puede salvarme” de mucho efecto. Marcos alabó la enjundia dramática de la pieza, improvisó una excusa y procedió a una retirada. Al levantarse, la mujer derribó la bandeja con las copas vacías. El sonido de cristales rotos y el breve silencio posterior, la música de lo irreversible.

El hombre reaccionó con enfado, no se cortó a la hora de recordar que aquellas copas eran caras y de un gran valor sentimental y que jamás tendrían dinero para reponerlas. La mujer no sabía qué cara poner, Marcos estaba convencido de que si hubieran estado a solas, su marido le hubiera levantado la mano.

Ella encendió de nuevo las luces del techo, la plata rebrilló en las vitrinas. Todo ocurrió rápido. Un poco deslumbrado, vio al anciano caminando sobre sus manos mientras recogía los cristales, que brillaban sobre los apagados colores heráldicos de la alfombra. Unas gotas de algo rosáceo, aguado, que podría ser vino, manchaban sus dedos secos. La cara macilenta de un campesino vestido de harapos reía agradecida junto a una lamparita.

La mujer le acompañó hasta la puerta. A Marcos la cabeza le daba vueltas, sintió como ella deslizaba la carpeta roja bajo su brazo, pero sólo podía pensar en no rematar la velada con una escena de vómito, no caer cuan largo era en ese recibidor.

Ya en el umbral, ella se disculpó entre líneas por la actitud de su marido y le pidió que leyera aquello. Ya lo devolvería si regresaba alguna vez. Desde el salón llegaban toses y carraspeos como si aquellos pulmones se estuvieran desintegrando.

Marcos busca sin encontrarlo algo que decir, hasta que ella acaba echándose a llorar porque hace frío, porque todo va mal, porque está enferma y tienen que escatimar en calefacción. Si hay algo que Marcos nunca ha podido resistir es ver a una anciana llorando, son las lágrimas de su madre una y otra vez. En un impulso sin sentido sacó su cartera, había dentro tres billetes de cincuenta euros. Aún hoy no se explica por qué lo hizo, quizás porque sabía que nunca volvería y era su forma de no recordarla en los insomnios.

Puso los billetes entre sus manos. Ella quiso rechazarlos, pero él insistió. La mujer se santiguó, negó con la cabeza, le apretó ambas manos y le miro temblando a los ojos. Por un momento Marcos tuvo la espantosa sensación de que iba a besarle. No quiso mirar atrás cuando escuchó su voz diciéndole adiós, mientras él bajaba corriendo las escaleras.

Salió a la calle, se ahogaba. Se reprochó su locura, ¿qué otra cosa esperaba? Empezó a andar, anticipando la resaca del día siguiente. Maldecía, ahora el frío no era agradable y la carpeta pesaba como un acto vergonzoso del pasado. Siempre quedaba la posibilidad de devolverla por correo, pero la obligación de adjuntar unas líneas amables le enfureció. Se había transformado en el depositario de los sueños de un idiota. Pensó en la azafata que dejó en el hotel. Detuvo su paso y arrojó la carpeta contra una pared. Las gomas vencieron y la carpeta se abrió, desparramando su carga de amarillentos folios mecanografiados. Supo entonces que debía destruirlos. Marcos se agachó y los recogió a manotazos, devolviéndolos a la carpeta. Algo le llamó la atención escondido entre los papeles.

Era una fotografía, una vieja fotografía en blanco y negro. Una pareja joven de veinteañeros hace mucho, mucho tiempo. Costaba reconocerlos, pero sí, eran ellos, estaban en el campo junto a un bosque, al fondo las cumbres nevadas de la sierra, las mismas que con tanta frecuencia aparecen en sus sueños como imagen de suprema fortuna. Llevaban unas extravagantes gafas de sol muy de aquella época. Ella reía agitando el pelo al viento, él hacia un poco el payaso besando de rodillas una de sus manos, bronceado, muscular, hasta bien parecido. La chica tenía una cintura deliciosa y unas piernas largas, un cuerpo menudo y fragante que uno hubiera deseado abrazar, la imagen la había fijado en un presente incesante, intocada por el tiempo, en un gesto de abandono y de dicha, rebosante de inteligencia, de gracia, de la inocencia de un animal travieso. El sol manchaba las hojas de los árboles, el aire temblaba de pura transparencia. Detrás de la fotografía dos letras diferentes se entremezclaban, una había trazado unos versos apenas legibles y medio borrados por los años: “Teresa, estrella del cielo, cierva morena… mi voz que… en lo oscuro de tus ojos… el mar y la noche…” no era posible leer más. Al lado una letra clara decía “¡guapo!” y añadía un sol sonriente.

Marcos cerró la carpeta. Se aproximó a un camión de la basura y la arrojó a su interior, donde la obra grotesca de una vida sería triturada entre cáscaras de naranja, huesos de pollo, latas aceitosas de atún de oferta, pilas alcalinas, verduras echadas a perder y cartílagos de animales, hasta formar parte de montañas de pulpa que empaparían durante años la tierra, envenenando las ciegas aguas subterráneas.

Continuó su camino pasando bajo los grandes árboles de la plaza del Campillo, más altos y más viejos que los templos, pensando que seguirían ahí cuando él ya no estuviera.

Le pidió tabaco a un grupo de chicas que daban saltitos por el frío mientras esperaban un taxi. No recuerda qué les dijo, pero sí que las hizo reír y que le dieron de buena gana el cigarrillo, que lo encendió y que el camino a casa se le hizo breve y excepcionalmente ligero.

(29-12-2012)

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