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Qué grande le pareció la noche, qué libre se sintió caminando, qué agradable el frío de enero en la cara y las farolas amarillentas de aquellas calles de clase media que tan bien conocía. Ahora se daba cuenta de cuánto le había subido el alcohol a la cabeza, su paso era vacilante y los mismos establecimientos que normalmente le provocaban tanta tristeza -pastelerías, mercerías, tiendas de artículos escolares- ahora desataban en él algo que sólo cabría definir como una ternura maniaca.

Se tambaleaba un poco cuando llegó al portal de un inmueble de los años sesenta. Llamó al piso, rogando que estuvieran allí. Una voz algo hostil de mujer le contestó al otro lado.

-¿Quién es?

A Marcos le entraron ganas de salir corriendo. ¿Dónde demonios se había metido? Pero miró a ambos lados y la calle estaba vacía. Ya había llegado hasta allí, la noche era desapacible y no quería seguir andando.

-Estuve en la reunión de autores esta tarde, se dejaron olvidada una cosa.

Hubo unos segundos de vacilación, una voz destemplada se oía en segundo plano.

– ¿Quién es?

– No sé, un señor…

– Tengo una pequeña agenda, ¿es de ustedes, no?

– ¿Cómo que un señor?

– No sé, te he dicho que no lo sé…

Luego un ruido abrupto, como si a ella se le hubiera caído el telefonillo e intentara una y otra vez recuperarlo. Finalmente, el sonido de la puerta franqueándole el paso.

Reconoció el portal, era el de la casa de su amigo Sierra, a la que iba a estudiar de pequeño. Le venía a la cabeza una escasez de muebles y su madre, que era muy guapa y les contaba chistes verdes que les hacían reír. El ascensor era nuevo, alteraba sus recuerdos con un desagradable aire de irrealidad.

La mujer le abrió la puerta. Marcos sacó la agenda del bolsillo del abrigo y se la mostró con un movimiento de la mano que notó fuera de lugar. A Marcos le zumbaban los oídos y estaba un poco mareado. No sabe por qué lo dijo.

-He bebido un poco.

La mujer abandonó entonces su rigidez y se llevó un dedo a los labios en un gesto delicioso, como quien comparte en secreto una travesura. A Marcos le gustó, le pareció un buen presagio.

En el salón habían encendido las luces y apagado la televisión, el anciano le esperaba en pie, algo rígido, con un solemne batín a cuadros y un pañuelo de seda al cuello. Así como en la sesión de antes parecía un pez fuera del agua, este hombre se hallaba en su elemento en el interior de su hogar.

Agradecieron calurosamente la devolución de la agenda, qué disgusto había tenido su marido al descubrir su pérdida, ¡sin esta agenda no soy nada!, repetía el hombre, aliviado. Cuando le invitaron a sentarse y tomar algo se dio cuenta de hasta qué punto una visita era en aquella casa todo un acontecimiento.

Mi amigo estaba encantado. Todo era como lo había imaginado, no faltaba de nada. Vitrinas con plata vieja, pesadas cortinas estampadas, sofás de terciopelo adamascado y por todas partes porcelanas representando paupérrimos pescadores chinos con aspecto de opiómanos, un canario, las fotos de una hija muerta a los nueve años en un desdichado accidente, un pez dormido en su pecera, un vago olor a incienso calcinado y orina.

La mujer en especial le trataba de tal manera que Marcos se sentía un muchacho, un buen muchacho. Se empeñó en abrir una botella de vino y trajo de la cocina unos platos con queso y dulce de membrillo casero que su hija mayor había mandado por correo desde algún remoto lugar de España, detalle éste que lo conmovió de manera desproporcionada. Otro hijo vivía en la ciudad al parecer, pero debía ser un hijo ingrato al que veían poco, como dedujo por un comentario discreto pero lleno de amargura.

Marcos se enteró de más cosas, nuestro hombre percibía todavía derechos de autor por las letras de varios pasodobles y coplas que habían gozado de una moderada difusión en los años cincuenta. Conjeturó algunas triquiñuelas para haber cobrado dinero durante tantos años. Como no conocía ninguna de esas piezas, la mujer, que no carecía de sentido del humor ni de ligereza, cantó algunas animosamente y con una voz aún fresca. El marido, por el contrario, era enfático y plomizo, por un momento pensó que probablemente las letras, entre picantes y sentimentales, las podría haber escrito ella.

Celebró para sus adentros el impulso que le había llevado allí. La borrachera intensificó el presente, pasado y futuro quedaron abolidos. Compartía queso, membrillo y vino a resguardo del frío planetario que en la calle helaba el metal de las farolas, había rescatado de las sombras a aquella pareja calamitosa y sentía el agradable calorcillo de la satisfacción moral. Un sentimiento cordial le colmaba, desatando su lengua, quería divertirles. No pudo resistirse a la jactancia y dejó caer que era guionista de televisión. El gozo del matrimonio llego entonces al límite. La mujer le llenó otra copa, el anciano se quejó de la televisión actual, de poca calidad, mediocre y saturada de vulgaridad. Marcos, para no complicarse la vida, le daba la razón sin darse cuenta de lo que acababa de despertar en su interlocutor. ¿Qué era lo que empezaba a disgustarle? No era el olor a catacumba, no era la pesadez ni la falta de sentido del humor de aquel hombre, eso ya lo daba por sentado. Era la vanidad, que empezaba a asomar su feo rostro.

(continuará)

 

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