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Mi amigo Marcos es un misántropo irremediablemente sentimental que sin pretenderlo suele pasar por extravagante. Hombre dado a embrutecedores accesos de melancolía, no encuentra modo mejor de escapar a ellos que dejarse llevar a ciegas por el impulso del momento; arrebatos caprichosos e imprevisibles que con frecuencia le arrastran a esas zonas límites de la experiencia humana donde se abrazan la epifanía y el ridículo.

Hace poco accedió de mala gana y por un difuso sentimiento del deber a una asamblea provincial de la sociedad de autores. El acto tenía lugar en una pequeña sala de un hotel local. A Marcos no le pasó desapercibida una de las azafatas.

Hacía poco que había dejado de fumar y se sentía irritable, por lo que a los tres minutos supo que jamás debiera haber aparecido. No tenía absolutamente nada que decir, no le interesaba nada de lo que escuchaba, a veces ni siquiera lo entendía, había en la sala demasiadas personas a las que no deseaba saludar, sabía que muchos de los reunidos no resistirían la tentación de intervenir hasta la extenuación y la calefacción altísima lo transformaba todo en un entorno jurásico; si cerraba los ojos sentía la sofocante presencia de helechos imaginarios y si los abría los dinosaurios estaban allí. Casi todos los presentes habían dicho ya a lo largo de sus vidas de artista cuanto tenían que decir, casi todos pasaban de los cuarenta y aquellos pocos que habían conseguido ser alguien, empezaban a deslizarse hacia los márgenes, hacia la irrelevancia. No le apetecía en absoluto ver reflejada en ellos su pequeñez y su próximo ocaso, así que empezó a lanzar miradas de soslayo a la puerta de acceso, con la esperanza de planificar una discreta retirada que pasara desapercibida, pero entonces reparó en algo.

Más o menos en el centro de la audiencia una pareja llamaba la atención como un avión estrellado sobre un prado. Ambos ancianos, ambos voluminosos. Ella parecía haber hecho un esfuerzo por arreglarse, aunque el resultado era de una digna y triste modestia. Pelo rubio desteñido, un traje definitivamente anticuado y con claras señales de desgaste y unos pendientes que parecían pertenecer a otra cabeza. Él parecía no tener nada que perder, unos mechones de punta sobre su nuca indicaban que ni siquiera se había tomado la molestia de pasarse un peine por encima. Marcos se preguntaba qué demonios harían ahí. En cuanto se abrió el turno de preguntas, el hombre levantó una mano temblorosa para pedir la palabra. La azafata le tendió el micrófono. Aquello no empezó demasiado bien, cuando no se producía un acople su mano de viejo dirigía el micro hacia abajo y así se iba pasando de lo ensordecedor a lo inaudible. La azafata intentaba una y otra vez corregir la posición hasta que lo dio por imposible. Respecto a la intervención en sí, el hombre balbuceó un inacabable exordio que aparentemente nada tenía que ver con el tema que se debatía para continuar con misteriosas alusiones que nadie entendió y proceder finalmente a agradecer a la sociedad de autores esos ingresos que su mujer podría seguir percibiendo –y a Marcos se le encogió el corazón- “cuando yo ya no esté”. La impaciencia empezaba a apoderarse de todos cuando un murmullo sordo y descendente pareció poner punto final a sus palabras. La azafata, por si acaso, le arrebató rápidamente el micrófono. Se intentó olvidar el penoso arranque, pero aquello ya no tenía arreglo. La sesión agonizaba, prolija en quejas, tediosa, inútil, mientras Marcos –que ya había decidido quedarse y emborracharse a la hora de los canapés- se revolvía en su asiento.

Por un instante el anciano pareció salir del estupor en que había quedado sumido y levantó de nuevo la mano. La azafata fingió no haberlo visto de un modo tan descarado que Marcos no sabía donde mirar.

La pareja finalmente se levantó con esfuerzo y ambos se deslizaron hasta el pasillo entre los asientos, mientras la sesión continuaba en medio de una sensación general de alivio. Marcos los vio caminar lentamente, con visibles señales de cansancio, hubiera querido hacerles algún gesto de simpatía, pero andaban algo encorvados, mirando al suelo. Le pareció que saludaban de manera imperceptible a la concurrencia, como si estuviera cayendo sobre ellos una lluvia de rosas y aplausos. Desaparecieron. Marcos los imaginó arrastrando los pies, pasito a pasito, por los pasillos enmoquetados, tras el que acaso sería su último intento de conectar con el mundo real. Quedaba ya claro que estaban definitivamente fuera, que no pertenecían al tiempo, que al final del pasillo estaba la muerte y a ella se dirigían con las manos vacías. En su imaginación añadía detalles de una desgarradora cursilería a la desolación de la escena: el hombre le preguntaría a su mujer si había estado bien y ella apretaría su mano con artrosis y le diría que sí, cariño, que muy bien.

¡Qué ganas de beber tenía Marcos! En cuanto la sesión se dio por terminada y los condujeron a la sala contigua, no dudo en abalanzarse sobre las bandejas con copas de vino que los camareros hacían circular. Le apetecía emborracharse, quitarse de encima la visión de esa pareja calamitosa, necesitaba anestesia, algo que le hiciera olvidar los recuerdos de mortalidad en cada esquina sin muebles, en cada aplique del techo, en cada matiz pardo de la moqueta despegada, en cada canapé ya frío. Prodigó bromas excesivas entre los asistentes, conocidos y no conocidos, estrechó manos, contó a todos que había dejado de fumar hacía seis semanas, perdió el tiempo con quien nada le iba a aportar mientras negligentemente no se dedicó a aquellos de los que podría obtener algo y, lo que es peor, se dio cuenta una vez más de que necesitaba desesperadamente caerle bien a los demás. Hizo comentarios procaces con un amigo sobre la azafata, a la que no perdía de vista y a la que de vez en cuando sostenía la mirada y sonreía. Envalentonado por el alcohol se acercó a ella e intentó entablar una conversación casual. Andaba preocupada, había encontrado una pequeña agenda debajo del asiento del pelmazo valetudinario –un temido habitual de estas asambleas- que se le debió caer en el momento de abandonar la sala. Se la mostró a Marcos, una libretita llena de direcciones y números de teléfono minuciosamente anotados con una letra relamida, una caligrafía extinta. Marcos no puedo evitar la sensación de que buena parte de todas las personas clasificadas en sus páginas hace tiempo que dejaron de existir.

Abandonó la sala en busca de los servicios. Los encontró en el centro de un laberinto de corredores y salas vacías, vio al fondo una puerta abierta que daba a las cocinas, de las que entraban y salían los ajetreados camareros con las bandejas. En los servicios se observó a sí mismo ante el espejo. Como siempre, no reconocía como propio ese rostro congestionado. Él tampoco tenía demasiado tiempo. De repente vio claro lo que tenía que hacer.

Volvió a la sala, se acercó de nuevo a la azafata, que buscaba en un portátil la dirección de aquel socio y se ofreció a devolver él mismo la agenda a su propietario. La azafata, puntillosamente formal, se resistió al principio pero acabó por convencerla. Marcos suele reconocer aquí que en aquella decisión no debieron influir tanto sus dotes de seducción como la evidencia de que al fin y al cabo el destino de aquella libretita derrotada, aquel catálogo de desapariciones, carecía de la menor importancia. Su mera existencia ya sin sentido contaminaba de melancolía al mundo.

La pareja no vivía lejos de allí. Marcos se puso el abrigo y salió sin despedirse a la calle.

(continuará)

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