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Los mecanismos del recuerdo, sus trampas, sus engaños. La otra noche escuchaba yo por azar un vetusto tema –“If you leave me now”, de Chicago, un clásico del AOR de fama planetaria allá por 1976- que invariablemente me hace evocar una situación determinada de mi niñez. He vacilado antes de intentar transcribirla, no me gustaría transformarme en uno de esos escritores oficiales dados a refocilarse, complacientes, en los jirones de su pasado. Memoria lo llaman, como quien menciona una palabra santa que dignifica y les absuelve del pecado de nostalgia -tan humana, ay-; vicio imperdonable, vicio de viejos al que intento resistirme sin éxito por una tonta coquetería. Pequeñas, triviales impresiones de las que apenas queda una débil huella en mi cabeza y que desaparecerán conmigo. Rescatarlas, reconstruirlas y falsearlas con invenciones y autoengaños, darles de nuevo una vida efímera, quizás no sea ocupación indigna. Al fin y al cabo en el mapa de palabras que el lector de este blog encontrará abajo, la infancia aparece con un tamaño alarmante. No te niegues a ti mismo, Salvador.

Mis padres tenían un modesto chalet en el barrio de Bellavista, una especie de anexo de Cájar, un pueblo de las afueras de Granada. A lo largo de sus empinadas cuestas sin asfaltar se extendían casas de obreros. Corrales, establos, pocilgas, hormigoneras, feos coches de los setenta regados a manguerazos, tocadiscos reproduciendo canciones de Roberto Carlos mientras en grandes calderos hervía la sangre de las matanzas, gatos tuertos, sofás de escay donde veías con otros niños series de ovnis a la hora de la siesta, cardos y amapolas en los descampados, mujeres de una bondad fabulosa amamantando a sus hijos, hombres que llegaban borrachos a sus casas y golpeaban a sus esposas, otros que morían en el andamio, como el padre de un amigo mío, a escasas semanas de haber vuelto de su Alemania de emigrante. Yo fui libre y feliz en aquellas calles donde tantas veces me dejé las rodillas.

Me gustaba especialmente el invierno. Había al final de la calle un bar cuyo nombre no recuerdo pero que era conocido por todos como el “Menos Cuarto” por motivos que ignoro. Fue en él que oí por vez primera la palabra “cubalibre” o su forma rural de “cacharro”. También servían comidas robustas. Muchos sábados me mandaban allí a comprar bebidas. Me encantaba bajar con la bicicleta dando saltos sobre el terreno embarrado, respirando el olor de la leña de olivo quemada, cruzándome con perrazos vagabundos por los que sentía una mezcla de miedo y piedad. Apartaba la cortina antimoscas e ingresaba en la penumbra del bar, franqueaba la barra y me deslizaba en la cocina. En mi recuerdo siempre suena en una radio “If you leave me now” y allí ofician dos mujeres entre los fogones, las grandes ollas y una chimenea encendida. La matriarca de la familia, de unos cincuenta, termina de matar a un conejo y le despoja de su piel mientras una muchacha joven agita vigorosamente una sartén donde fríe ajos. Ella tendría unos veinte años, insólitamente rubia y pecosa, el pelo recogido en una trenza, un jersey grueso de lana, concentrada en su trabajo con una especial seriedad. Estudiaba alguna carrera, pero seguía ayudando a sus padres en el negocio.

Meses antes, el 22 de noviembre de 1975, estábamos comiendo en una salita al fondo de aquel local. En la televisión se informaba sobre la coronación de Juan Carlos I. Las imágenes intentaban reproducir la grandeza de los cuadros antiguos y yo sentía una infantil fascinación histórica. Éramos los únicos clientes en ese momento y cuando aquella muchacha trajo unas fuentes con patatas a lo pobre y una carne de cordero de un sabor montaraz, surgió una informal conversación sobre el acontecimiento del día. Un par de comentarios discretos fueron suficientes para que mis padres y ella se quitaran la careta y en voz baja se atrevieran a decir lo que verdaderamente pensaban. Yo era un crío y fue la primera vez que les escuché confesando en público el que hasta entonces era para mí era el Gran Secreto: la vileza y crueldad de aquel anciano que nos había gobernado. Se preguntaban si las cosas iban a cambiar o seguiríamos así siempre. La muchacha nos hablaba de su pertenencia al partido, de algunos de sus miedos, de interrogatorios brutales a compañeros. El miedo a una repetición eterna de lo idéntico se confundía con radiantes, desmedidas esperanzas de un futuro distinto. Me pareció en ese momento una mujer maravillosa y ahora, cuando hace mucho tiempo que no soy comunista, me lo sigue pareciendo, donde quiera que esté.

En “La Cartuja de Parma”, Stendhal tiene la genial intuición de que el joven Fabrizio del Dongo asista a la batalla de Waterloo y no se dé cuenta. Para mí la restauración de la monarquía y todo lo que vendría después, transformado en Historia, es simplemente una chimenea encendida en un día frío de noviembre, el sabor fuerte de la carne de cordero y una muchacha valerosa de huesos sólidos, con una trenza casi pelirroja, que me gustaba con locura.

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