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Como media España acabó sabiendo, la primera manifestación de esa peculiaridad de su carácter se remonta a su primera infancia. Ahorraremos la profusión de detalles agravantes con las que Rodolfo Molinos adornaba la historia. El profesor tuvo que ausentarse del aula durante unos minutos y en su ausencia se desencadenó un motín. A Rodolfo, que era un niño profundamente conservador, le indignó semejante exhibición de infantilismo y se dirigió a sus compañeros de buena fe, exhortándolos a moderar su actitud, levantando su vocecilla firme pero atiplada para poder imponerse al escándalo.

El profesor, al regresar, le pilló gritando en lo alto de la tarima y como venía de recibir un aviso del director y no estaba para dilemas éticos, le arreó el cogotazo usualmente destinado a la canalla de la clase. A Rodolfo no le dolió tanto el golpe, que también, como que se elevara a definitiva una interpretación apresurada y errónea de lo ocurrido. El momento es importante y merece la pena considerarlo. Rodolfito, en una especie de iluminación negativa, sintió como si la realidad hubiera elegido dirigirse hacia un futuro alternativo, menoscabado, inane, contaminado de falsedad e inconsistencia. Había que volver a restaurar lo real sobre sus goznes, así que para corroborar su versión señaló a los culpables. Uno a uno. Era demasiado pequeño para entender que el cogotazo ya no se lo quitaba nadie, que el profesor jamás se disculparía y que se había ganado un estigma que le perseguiría el resto de sus años de formación.

Con el tiempo se había transformado en un hábito incurable, una compulsión. Cuando alguien le había herido, sentía necesidad de contarlo, de desmenuzar concienzudamente cada matiz del ultraje. Necesitaba compartir su decepción, socializar su tristeza, en definitiva: criticaba, rajaba, ponía verde. Nunca entendió que contar la ofensa no equivale a su reparación, quedándose en una inútil operación de pensamiento mágico.

Semejante pasión, un vicio al fin y al cabo, no lo hacía nunca feliz del todo. En el fondo la sabía vil y sentía luego asco de sí mismo. A veces intentaba consolarse pensando que todo el mundo lo hace, pero uno no puede imaginarse a Bach quejándose de la mezquindad de su cuñada en una intimidad viril de barbería. No vale engañarse, las grandes almas no hablan mal de nadie. Tras cada desahogo imaginaba que iba dejando un rastro de suciedad a su paso, una estela ramificada y opaca, deyecciones del espíritu.

Las pequeñas bajezas que conforman el carácter adulto suelen ser toleradas a condición de que se manifiesten de manera ocasional. Rodolfo era prácticamente monotemático, daba mal rollo y la gente tendía a evitarle. Nunca le faltó materia para sus quejas, ya que le trataban francamente mal. Y con motivo. En el trabajo, Rodolfo no podía tolerar las injusticias ni las actitudes insolidarias y siempre luchó por sacarlas a la luz, comportamiento que sus compañeros, quizás simplificando las cosas, interpretaban como pura y simple delación.

La directora de casting de aquel reality lo caló desde el principio. Fue ver, confundido entre el resto de los candidatos, su rostro en apariencia flemático e indiferente, su mirada resinosa, fue escuchar su voz nasal y monótona y darse cuenta de todas sus posibilidades. No se equivocaba. Gracias a la presencia de Rodolfo un formato televisivo poco ambicioso y ligeramente miserable logró liderar la franja del mediodía durante cuatro meses. Su paso por el programa fue catártico, ajustó cuentas durante semanas con cuantos formaron parte de su vida, el país estaba de su lado. Hubo arrepentimientos ardientes, conmovedoras reconciliaciones en directo, engordó en el proceso.

¡Y qué memoria!, cada abrazo no dado por su madre, cada fiesta a la que no fue invitado, cada sablazo, cada caña pagada a sus amigos… lo recordaba todo.

Acostumbrado al rechazo de sus semejantes, no supo encajar bien su repentina popularidad. Dotado de una cara común que la gente tendía a olvidar, nunca terminó de acostumbrarse a que de repente le reconocieran y le saludaran. Como más tarde le aclaró ante las cámaras su coach, no supo rentabilizar la aceptación de los otros, optó por una vanidad un poco fatua cuando de él se esperaba una gratitud emocionada.

Empezó a cansar, al fin y al cabo no había retribución posible para aquel agujero negro de agravios. Lo acabaron expulsando, no se lo tomó con deportividad y, mal aconsejado, llegó a denunciar a la productora y a la cadena. Fue triturado por cuadrillas de abogados superdotados y los vencedores no fueron generosos. Un intento posterior de rentabilizar en tertulias de la competencia sus prolijos enfrentamientos judiciales fue acogido con indiferencia.

Pronto el público olvidó su rostro y dejó de pararle por la calle. Su vida se volvió opaca, tendía a contar su drama a desconocidos en los bares. Hacía muchas llamadas a la policía y paseaba un ridículo foxterrier.

Una mañana la gripe le inmovilizó en la cama, solo y febril, mientras su mascota sembraba la casa de heces. Fue así que, sin apenas fuerzas para levantarse, mientras oía los destrozos que su hiperactivo compañero perpetraba en el mobiliario, Rodolfo volvió a Dios.

El vaso de agua y las medicinas sobre la mesita de noche, el dulce estupor de los antihistamínicos, le llevaron de vuelta a las sencillas certezas de la niñez. Durante horas habló con él, le comunicó sus más íntimos rencores. Él, que siempre había estado ahí, lo escuchaba todo sin interrumpirle, ¡cuánto agradó esto a Rodolfo! Le confortaba pensar que nada de lo padecido pasaría al olvido, que una mente omnicomprensiva y justa registraba cada injuria en una vasta e inescrutable contabilidad de agravios y ninguno de ellos quedaría sin satisfacción.

La tarde estaba cayendo, oía risas despreocupadas desde la calle, pero adolecían de una irrealidad insoportable. El perro ladraba de una manera insistente y obtusa a no se sabe qué. En alguna habitación de la casa su teléfono móvil emitió un desagradable pitido reclamando ser cargado antes de agotarse. Rodolfo sintió sed y una imperiosa necesidad de consuelo real, una mano que suavemente acariciara su frente. Mientras la luz que entraba por la ventana se iba extinguiendo, la idea de Dios se desvaneció con tanta rapidez como antes había aparecido, se sintió indignado por su pasividad y su silencio, su inexistencia le pareció cruel y vulgar.

La habitación ha quedado a oscuras. Rodolfo ni siquiera intenta alargar la mano para encender la luz, entiende que no podrá contarle a nadie su decepción y su miedo. Y hace tanto frío.

(15-7-2013)

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