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Anoche emergió un recuerdo perdido. Un recuerdo de hace décadas. De algún modo que se me escapa se ha mantenido oculto hasta ayer en esa extraña máquina de tejido y fluidos alojada en la futura calavera y que contiene el universo: nuestro yo, lenguas, música, medidas y distancias, atardeceres, ecuaciones, los rostros de los amigos, puertos, una peculiaridad de un cuerpo que amaste, el muelle de un bolígrafo agazapado durante años en el fondo de un cajón, la voz de tu madre, los olores de las calles en abril, el casto rostro de José Luis Uribarri, la araña que una tarde de tu infancia asomó tras una maceta, la atmósfera de un bar de carretera en el que desperdiciaste diez minutos de tu vida.

Recordé una escena de una película de ciencia ficción de los años cincuenta que pasaban por la televisión siendo yo un crío: un hombre se hundía en unas arenas movedizas situadas mentirosamente en la Luna. Las arenas movedizas, esa idea que a todo niño alguna vez ha espantado. Su mano, enfundada en esos guantes gordezuelos que llevan los astronautas, sobreactuaba crispada mientras lentamente se hundía en las arenas grises. Mis padres -no sé si percibieron o anticiparon mi angustia- improvisaron una conmovedora teoría para consolarme: bajo el suelo de la luna habitaba una comunidad de científicos que acogerían a aquel colega llegado de manera tan extravagante y lo harían uno de los suyos, así podría dedicar el resto de su vida a la investigación, que era al fin y al cabo lo que al hombre le gustaba. Ahora que lo pienso el relato de consolación no dejaba de ser algo deprimente. No era tan niño como para no darme cuenta de que película solo había una y seguía a su bola sin que nadie volviera a acordarse del pobre Dr. Smith, pero decidí creerme esa historia paralela. Quería creerla.

Y así luego todo. Ante lo poco que nos gusta el final de todo esto, los consuelos que nos ofrece la religión resultan poco creíbles y aún así ligeramente siniestros. A nadie le apetece una eternidad de luz y perfección, queremos este aire y esta vida. Por eso al despertarme hoy, aún soñoliento mientras los pájaros, criaturicas, empezaban a celebrar la salida del sol, me resultó extrañamente consoladora la descomunal teoría de los universos paralelos. Entre el juego y la embriaguez nuestra vida admitiría innumerables variaciones. ¡Nada se pierde y todo es posible! Este principio de éxtasis se me viene abajo cuando pienso en que por la misma regla de tres en mis otras existencias paralelas la cosa podría ir francamente mal. Por no hablar de un multiverso agravado por una infinita serie de permutaciones de Mariano Rajoy Brey. Creo que es hora de que me tome un café.

(29-4-14)

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