Etiquetas

, , , ,

No hace mucho un amigo colgó en el facebook un fragmento de “El Gran Dictador” de Chaplin, en concreto el excesivo y conmovedor discurso final. «We feel too little and we think too much» es una de las frases clave y en ese momento me pregunté si lo cierto no sería precisamente lo contrario, «we think too little and we feel too much».

A casi todos los efectos, seguimos viviendo en las coordenadas mentales definidas por Jean-Jacques Rousseau y la chavalada del Romanticismo alemán: sacralización de la naturaleza y de la figura del artista, exaltación del amor, el sentimiento y la espontaneidad, culto a la pasión y a lo extraordinario. Nos seducen el entusiasmo, la embriaguez, el desorden.

No voy a desprestigiar los sentimientos, no se me malinterprete, aquí uno siente como el que más. Cualquiera que vea el aspecto deplorable de mi mesa de trabajo entenderá que no soy un individuo precisamente cartesiano. Simplemente creo que la cantidad e intensidad de las emociones que suscita no es un indicador de la bondad de una idea. Ni siquiera el entusiasmo de la juventud o de los artistas, una panda de narcisistas irresponsables como todo el mundo sabe, la garantiza. El fervor del número, la energía prodigiosa que emana de las multitudes no tiene un valor moral en sí. Suelen acompañar los grandes procesos emancipadores, pero también las grandes carnicerías. Conviene distinguir.

Las banderas dan bien en las fotos, son de mucho emocionar. Hay una serie de motivos que se repiten en las crónicas de grandes actos de afirmación, porque son muy icónicos y resultones: niños en la manifestación con sus padres entre el flamear de las enseñas, chicas guapas pasándoselo en grande, ancianos rejuvenecidos por el entusiasmo. Si además el tiempo acompaña y hace solecito, nadie que no sea un desalmado rehusaría unirse a la alegría colectiva. No me gusta que los niños sean utilizados para embellecer un mensaje; hasta una foto de unos nenes en un prado florido, vestidos con sus pequeños uniformes del KKK, podría ser simpática.

Cuando del discurso de un tribuno alguien me dice que ha sido emocionante se me dispara una alarma interior. El fascismo, por ejemplo, fue la apoteosis de lo sentimental en política, toda su retórica, todos sus dispositivos de propaganda estaban destinados a despertar emociones. Hace poco leía viejas portadas de prensa del primer franquismo. Los editoriales, escritos en una prosa hiperbólica, convulsa, absurdamente cargada de imágenes, intentaban conmover a voces al lector haciendo gala de una cursilería insufrible. Llorar a moco y baba suele ser el preludio a los fusilamientos en las tapias de las afueras.

No digo yo de no entregarse cuando sea menester, para algo tenemos corazón, pero teniendo siempre a mano una pequeña, valiosa reserva de fría desconfianza. Por si acaso.

Anuncios