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Ayer estuve dando una charla en un instituto en Pozo Alcón. Pozo Alcón es un pueblo de Jaén, que forma parte del Parque Natural de la Sierra de Cazorla. Con unos 5.000 habitantes, situado cerca de la frontera con Granada, es decir lejos, muy lejos de casi todo. Hay un embalse cerca, el de La Bolera, olivos, almendros y esa tierra roja de los primeros recuerdos. Mentiría si dijera que es uno de los pueblos más bonitos que haya visto. El instituto tiene sus años, celebraban con antelación su feria del libro. Uno nunca puede evitar un estremecimiento cuando entra a un colegio o un instituto, se da cuenta de que no hace tanto ese mundo, ese orden cerrado, era el suyo. A veces sospecho que nunca acabas de salir del todo de allí. El olor de la tiza, carteles hechos con letras recortadas y pegadas, los mismos muebles cuyo diseño apenas ha cambiado. Pero también eso que los que no tenemos hijos habíamos olvidado, la limpia y estruendosa euforia adolescente, esos rostros y miradas sin pasado, puro deseo de ser proyectado hacia un futuro todavía sin límites.

Hubo un pequeño acto antes de mi intervención. Se proyectó un pequeño montaje sobre el ciclo de películas que organizaba el centro, elegidas con buen criterio. El muchacho encargado del montaje y la sonorización nos atronaba ufano y feliz con el “Highway to Hell” de AC/DC y atendía, serio, la pantalla del ordenador mientras sus pies no podían dejar de marcar el ritmo, a punto de olvidarse de donde estaba y entregarse a una exhibición de air guitar. Luego un trío de chavales (violín, teclados y guitarra) acompañaba una lectura de poemas de Lorca y Machado, recitados con delicada, irresistible torpeza por unas niñas. Los mismos músicos arroparon a una adolescente, la hija de la mujer que limpia el instituto y echa una mano en la cantina, que cantaba sentada, por pura timidez. Llevaba una blusa blanca ligeramente pasada de moda y una ortodoncia corregía la belleza despejada de su cara. ¿Recordáis “Zombie”, aquel tema de The Cranberries que no paraba de sonar en los noventa? Nunca fue una de mis canciones favoritas, pero la chica la clavó. Su voz frágil, cargada de sentimiento (“With their tanks and their bombs and their bombs and their guns. In your head, in your head, they are dying…”) y el sobrio arreglo, me conmovieron. Pasé lo mío para disimular un inoportuno brote emotivo.

Devorado por los nervios, lo admito, no estaba en mi mejor forma, pero creo que salí airoso. Lo tenía fácil, no iba a hablar de las aplicaciones industriales del wolframio sino del oficio de guionista. Recurrí a los cuatro chascarrillos que nunca fallan para meterse al público en el bolsillo. Fui escuchado con respeto y curiosidad, me hicieron muchas preguntas bastante interesantes, pero en el fondo sé que podría haberlo hecho mejor y que ellos merecían más.

Todo era obra en especial de una pareja de profesores, Pepa y José Manuel, que llevan en el pueblo cerca de veinticinco años. Decidieron quedarse allí, educar a sus hijos (ahora desperdigados, literalmente, por el mundo) en aquel remoto paraje. Aplicaron ideas nuevas sobre educación cuando nadie las apoyaba. Siguen con el mismo entusiasmo, organizan actividades de logística agotadora, no paran. El instituto de Pozo Alcón aparece con frecuencia en los rankings de rendimiento académico. Han consagrado su vida a ello, se les nota orgullosos pero sin jactancia. Ya tienen una edad pero no les veo rendidos, si acaso con un suave escepticismo que el fervor de sus actos contradice y con ese cansancio satisfecho del que llega a casa de noche, el trabajo cumplido.

Compartí mesa y botellas de vino con ellos, con otros profesores y con el médico del pueblo. Hablaban de su labor sin darse demasiada importancia. Una profesora contaba su experiencia en otros pueblos. Su ex marido era médico y no era infrecuente que mientras él atendía en mitad de la noche a mujeres que habían sido víctimas de la brutalidad de sus maridos, ella les diera colacao con galletas a los niños asustados. Tenía siempre reservas de ambas cosas para ese auxilio inmediato, necesario, casi sacramental. Un colacao con galletas es algo que siempre da paz y seguridad a un niño. No son pueblos idílicos, hay problemas de desestructuración familiar, la crisis les ha golpeado como a todos. Por eso es más admirable aún lo que cada día consiguen en el instituto.

Volviendo a Granada, entre las carreteras flanqueadas de olivos y almendros en flor en el aire transparente de la tarde, sentí una emoción que solo podría definir como republicana. Sentí el valor y la dignidad de lo público, de eso que algunos, intoxicados por los vapores de la gomina y por lecturas mal digeridas de Hayek o Schumpeter, pretenden desmantelar. También pensé en aquellos que desde las redes sociales, tan calentitos en su casa, proyectan hacia el mundo sus rencores personales, diciendo que vivimos en el peor de los mundos posibles y que esto es una espantosa dictadura (¿qué sabrán ellos lo que es una espantosa dictadura?, bueno, algunos lo saben, la han conocido, peor todavía, qué poca memoria tienen) pidiendo a gritos guillotina, fuego y sangre mientras otros hacen cosas, cambian cada día el mundo que les rodea, silenciosamente, sin que se conozca su labor, sin gloria.

Los maestros me hablaban de cómo aún reciben cartas de algunos alumnos, a veces muy lejos, a miles de kilómetros de distancia, que no les han olvidado. Los maestros. Resulta repugnante saber que durante la guerra civil fue uno de los colectivos más represaliados por el bando golpista. Yo ahora quiero brindar por ellos, por maestros, por médicos, por todos aquellos que en los lugares más escondidos, hacen este mundo un poco más habitable, porque ellos, verdaderamente, son la sal de la tierra.

(5/04/2014)

 

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