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La enseñanza suele ser víctima de las modas del momento. A lo largo de mis años de escuela cambiaron de nombre los conceptos básicos del mundo físico y los constituyentes sintácticos, nos sobrecargaron de manera absurda con teoría de conjuntos y pillamos los últimos coletazos de la obsesión sesentera por los tests psicotécnicos. Con doce años se nos sometió a uno, particularmente extenso y minucioso que, entre otras cosas, detectó en mí vocación y aptitudes para el difuso concepto “música y espectáculos”. En su momento me vi vestido de cabaretera y con una boa de plumas, pero ahora entiendo que no iban nada desencaminados, ¡cuántos rodeos absurdos me hubiera ahorrado de haberles hecho caso!

Una de las partes más crueles del test era la que medía la aceptación entre tus compañeros de aula. Lo normal era recibir cuatro o cinco rechazos, lo que me parece hasta saludable, no le puedes caer bien a todo el mundo. Había excepciones. Algunos lloraron porque aquel índice iba más allá de lo tolerable. Luego hay que vivir toda una vida con eso. (Y me acuerdo ahora del pobre A. , desgarbado y asustadizo, combinación irremediable de tristeza y microcefalia. Una tarde sumergió su cabeza repetidas veces en las aguas turbias de una acequia proclamando a gritos que se iba a quitar la vida, entre las risas del respetable. La infancia es una época llena de dramas extraordinarios.)

Yo fui otra excepción. Registré un rechazo. Uno solo. No comento esto para encarecer mi encanto personal. Si tienes cinco rechazos no te paras demasiado a pensarlo, pero cuando tienes nada más que uno la pregunta se impone por sí misma: ¿quién es? Cada mañana que entraba a clase estudiaba las caras de mis camaradas en busca de indicios. Uno de ellos me detestaba, ¡y no podía saber cuál! Con los años aumenta el número de personas que no te soportan, no nos faltan oportunidades de hacer méritos, pero no he olvidado esa antipatía precoz, elemental, de una pureza no contaminada aún por los conflictos de intereses o el desacuerdo ideológico.

A veces he fantaseado con qué será de mi secreto enemigo. Vivo en una ciudad pequeña, no es extraño que me cruce con él por las calles sin saberlo; así, cuando está a punto de olvidarme vuelve a ver mi rostro y el viejo odio se aviva. No descarto que mi presencia inquiete sus sueños. Lo imagino ejerciendo profesiones diversas y maquinando males contra mí, desatando una inspección fiscal, rechazando mis proyectos en comisiones que deciden a quien subvencionar, deteniéndome quizás por consumo de estupefacientes. De estallar una guerra civil, y si él tuviera algún poder, mi nombre no tardaría en figurar en esas listas que circulan en secreto. Entre todas estas fantasías me complace particularmente una en que algún accidente pone en peligro mi vida. Llevado a urgencias, atravieso los pasillos del hospital tumbado en una camilla con ruedas; las luces del techo se suceden una tras otra mientras la esperanza de sobrevivir va ganándome. En una suerte de éxtasis agradecido acepto mi indefensión, vulnerable como un recién nacido me dejo llevar, estoy en buenas manos. Soy ingresado en el quirófano, preparan mi cuerpo desnudo y vulnerado, siento el fluido anestésico ardiendo en mis venas, un gran sol suspendido sobre mis ojos. En ese mismo momento, a punto de saltar a la oscuridad y al olvido, cuando todo el mundo empieza a desvanecerse, el rostro del cirujano se inclina sobre mí, se despoja de su mascarilla y lo reconozco. “Sí, era yo”, son las últimas palabras que escucho.

Puede también que a estas alturas no respire el mismo aire que nosotros, puede que tan sólo viva ya en mi interior, para siempre sin rostro, juzgándome. Puede que durante toda mi vida no haya hecho otra cosa que buscar de manera patética su aprobación y su perdón

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