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Estaba una mañana sentado en un vagón de metro, sumido como todos los pasajeros en un estado entre la modorra y la tristeza, cuando en una de las estaciones apareció un hombre alto, corpulento y en gabardina, que atrajo todas las miradas. Era un ciego, acompañado por su perro lazarillo. La irrupción de un ciego en un vagón de metro provoca lo más parecido a un estremecimiento de horror sagrado a que podemos hoy aspirar. En la ceguera siempre hay algo intensamente anacrónico.

Era una de las líneas que discurren a mayor profundidad, así que al verle era difícil no pensar en el imposible descenso por un laberinto de pasillos y escaleras, en medio de una tiniebla que, de una manera especial, se derramaba desde él hacia nosotros. Ese incómodo sentimiento quedaba suavizado por la mirada del perro guía, un buen perro sin duda, un pastor alemán adorable, todo fuerza, afabilidad, abnegación, la lengua sonrosada colgando simpática de su boca abierta. No tardaron en cederle un asiento y el tren se puso en marcha, el ciego en su oscuridad y nosotros en la nuestra.

Los sonidos chirriantes del metro incomodaban ligeramente al perro, que llegado un momento se agitó y empezó a gemir. El ciego dio un brusco tirón a la correa que sostenía el arnés y gritó: “¡calla ya!”. No sé por qué uno espera de los ciegos que tengan una voz suave y dulce, a lo Nat King Cole, pero no era el caso. Más próxima al graznido que al susurro, inapelablemente antipática, fue imposible ignorar esa voz, por mucho que lo intentáramos. Un cierto malestar empezó tomar forma. El pobre animal no podía reprimir su nerviosismo y se agitaba y emitía ligeros aullidos asmáticos; el ciego volvió a pegar un violento tirón de su arnés y a levantar la voz. Aquella incómoda compasión del principio empezó a virar hacia la hostilidad. Cuando el hombre levantó la mano y le dio una colleja a su acompañante, una chica no pudo contenerse y con una incandescente mirada de odio gritó: “ya está bien”. El perro, sabiéndose quizás apoyado incondicionalmente por todos, levanto los ojos al cielo con una mirada doliente capaz de apaciguar tormentas y prorrumpió en un crescendo de gañidos inarticulados que su dueño, incapaz a estas alturas de dominar, intentaba sofocar torpemente a base de tirones y manotazos en el lomo. Podía imaginarme cómo, desde la soledad resonante de su mundo de sombras, aquel desdichado sentía que el universo se había puesto en contra de él. Cuando llegué a mi destino y me bajé del vagón no quise mirar atrás, tenía miedo de ver a los pasajeros apaleando al ciego y al perro lamiendo agradecido las manitas frías de hermosas muchachas de buen corazón.

(25-11-2013)

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