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Es el mes de los prodigios y las segundas oportunidades, cuando madura la uva y el peso de los membrillos vence las ramas. Algunos pájaros se dejan ver de nuevo y proclaman en las plazas el fin de la tiranía de un astro cruel. Todo comienza de nuevo. Desde el corazón de las montañas y los océanos una frescura amable se derrama sobre el mundo renovado, limpiando el aire de las calles. El gato recupera su compostura, las ciudades se pueblan de nuevo. Regresan los amigos, los gritos y risas de los niños en los patios de los colegios, la belleza sagrada de lo habitual. Saltando por tejados, veletas y chimeneas nos acecha un presentimiento de lluvia en el rostro, copas de vino y fuegos encendidos. Y es en este mes tan querido y en esta estación de mi vida que hago votos de una secreta, desafiante alegría, que ni el tiempo ni la adversidad puedan arrebatarme. Alejar de mí el miedo y la sumisión, tener las fuerzas y el coraje de hacer lo que debo hacer y hacerlo de la mejor manera posible, no ceder en esto. No perder la curiosidad, ni el asombro ante el mundo y sus humildes prodigios –la luz, ahora, desterrando lentamente las sombras del patio-, no perder nunca la capacidad de admirar a otros, no pecar de ingratitud con lo que me ha sido dado, no dejar de buscar. Todo lo demás – frutos, arrobamientos, futuros placeres y dulzuras- vendrá por añadidura. Éste es el desmedido deseo que mis labios se atreven a pronunciar en el inicio mismo del día.

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