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Parapetado tras un expositor de ropa interior masculina, entre fotografías de torsos, oía su voz aflautada preguntando si le abrigaba. Había en ella algo nervioso y dulce, una impaciencia y un desamparo, la voluntad desesperada de ser otro, de ser joven y bello y bueno, de poder abrazar por derecho la cintura de un ser hermoso al que deseaba. Aquel acceso a su intimidad me turbó más que si los hubiera sorprendido dándose un revolcón. Me pareció humano y frágil y sentí que debía guardar silencio. Al día siguiente lo conté en el trabajo, con sus buenos añadidos bufos, porque bien pensado era cosa de mucha risa.

Me gustaba trabajar con él en la sala de edición, deseaba escuchar algún pintoresquismo suyo que contar a los amigos y la verdad es que nunca me defraudó. C. adoraba denigrar. Si, por ejemplo, en el monitor aparecía la imagen de aquel príncipe de guardarropía discurseando sobre las virtudes del sacrificio, el entusiasmo y la voluntad, C. pasaba a ilustrarnos acerca de las muy solicitadas habilidades del orador a la hora de practicar el sexo oral, comparando su técnica con la articulación de Benny Goodman al clarinete. Ocurría con frecuencia, a lo largo de la ceremonia abundaban los discursos edificantes, exhalando un aroma muy Novena Sinfonía a humanismo paneuropeo. Mientras se montaba, había que escucharlos una y otra vez, fragmentados, deconstruidos, hasta que el escaso sentido que encerraban se disipaba por completo y el conde C. , feliz como un niño, aprovechaba para relatar escandalosísimas historias sobre los que con tanta autoridad moral hablaban y los que con serena gravedad escuchaban. Se reía él solo relatando aquellos sucios chismes adornados con picantes detalles circunstanciales. Carlos, uno de los chavales con los que me alternaba montando, era bastante tímido, le repugnaban esas cosas –todavía recuerdo su abatimiento y tristeza tras tener que hacer una sustitución de cámara en el rodaje de una película porno- y parece que la visible expresión de pesadumbre del joven técnico exaltaba al conde, su voz entonces adoptaba un falsete hilarante e histérico, cartoonesco. Ante nuestros ojos todo aquel decorado de seres salidos de un cruce entre “El Prisionero de Zenda” y los anuncios de bombones Ferrero Rocher, se iba transformando en una indecible y obscena bufonada con carrerillas por los pasillos del hotel, maridos cornudos, grandes empresarios impotentes, severas doctoras aporreando puertas principescas para saciar sus instintos, actos de sodomía con las clases populares, una hiperacelerada y colorida fantasía de valses y esperma infértil.

¿Puedo decir que estaba fascinado por él? Lo estaba porque nunca pretendió ocultar que era un sinvergüenza, por su nihilismo achampañado, su desafiante y furiosa afirmación de una vida libre y cachonda. No he vuelto a conocer a nadie a quien le trajera tan sin cuidado lo que los demás pensaran de él. Al fin y al cabo su mera presencia inaudita era ya una provocación.

El conde C. finalmente terminó el trabajo y dejó tras él una losa de siete cifras, precedida de una carta en que en un español imperfecto pero retórico aseguraba que su educación anglo-suiza le impelía a ir directamente al grano y atribuía a nuestra incompetencia que la televisión canadiense se negara a comprar su programa por no cumplir los mínimos estándares técnicos. A continuación pasaba a enumerar todos los agravios sufridos, subrayando sin medias tintas nuestra amateurismo y nuestra hostilidad hacia su persona, para finalmente acusarnos de crueldad mental. Más tarde supimos que no habíamos sido los únicos damnificados, también que en alguna ocasión dirigió una colección de discos de jazz. No volvimos a tener noticias suyas.

Qué extraño estafador. Aún hoy me asombra la perseverancia lunática que había que poner en juego para organizar aquella farsa, el obsesivo perfeccionismo con el que perpetró cuarenta y cinco minutos de algo desesperadamente pasado de moda que a nadie podía interesar. Se tomaba demasiado trabajo para una simple estafa, al fin y al cabo merecía vivir de aquello. La ceremonia era real, el órgano era real, los discursos fueron leídos y escuchados, sólo la Cruz de la Orden de Malta y probablemente su condición de conde serían falsos. ¿Y qué?, no hay ceremonia alguna cuyos pilares no sean de cartón piedra, ésta no era una excepción.

Recuerdo el último día en que estuvimos con él. El montaje había terminado aparentemente sin ninguna queja por su parte. Apareció como de costumbre por la oficina, el muchacho llevaba en una bolsa unos paquetes de regalos comprados en los mismos grandes almacenes. Eran para nosotros y ante nuestro estupor C. procedió a entregárnoslos con una pasmosa naturalidad, menuda mano tenía él para estas cosas. A cada uno nos correspondió un reloj barato -un rasgo bien decimonónico- y un frasco de un perfume aceptable. A continuación preguntó si existía en Granada algún restaurante chino de calidad. Nosotros le indicamos uno próximo y él insistió en invitarnos. No queríamos más conflictos así que todos salimos a la calle, donde llovía desde por la mañana en cantidades suficientes para lavar todos los pecados de la ciudad.

Estábamos agotados. Sobre la mesa solo flotaba un silencioso alivio al saber que sería la última vez y el olor soso de la ropa empapada por la lluvia. C. hablaba y hablaba, nuestro laconismo le importaba un bledo, le encantaba no ser interrumpido. Nos quiso impresionar contándonos cómo descubrió a Giorgio Moroder en un club berlinés, pero me temo que sólo me impresionó a mí, ¿quién se acordaba de Giorgio Moroder en 1991? Su vinculación con el padre del eurodisco me llevó a fantasear con la biografía libertina, desmesurada y convulsamente chic del hombre que tenía en frente y que nadie escribirá, pero no hice ninguna observación. La comida le pareció mediocre, aunque la devoraba como un gigante, lo que le dio pie a hablar de sus aventuras por Asia. A la tercera copa de vino se soltó del todo y nos habló de Bangkok, sangre de lagarto y venenos de serpiente en los puestos callejeros y unas saunas de gran interés. Mientras mirábamos de reojo a las mesas de al lado, llenas de familias con sus hijos, C. nos recomendaba tener una botella de vodka congelado a mano mientras te hacían una felación. A más de cincuenta grados el latigazo de ese fluido helado descendiendo garganta abajo en el momento de correrse era un placer como pocos les era dado conocer al hombre en este valle de lágrimas. La imagen del inmenso cuerpo desnudo del conde eyaculando sumió a la mesa en un silencio decididamente hostil. Satisfecho con el efecto obtenido se retiró, solemne, al baño.

El chaval no había abierto la boca durante toda la comida. Y lo iba a hacer entonces, disponía de escasos minutos antes de que el conde regresara. Nos pilló por sorpresa, nunca le habíamos escuchado más allá de un par de frases sueltas. Aprovechó bien su tiempo, quizás no era la primera vez que lo hacía. Me cuesta recordar las palabras, pero creo que fue algo así.

Dijo que adivinaba lo que pasaba por nuestras cabezas respecto a su relación con C. y añadió que no nos equivocábamos, todo cuanto pudiéramos figurarnos era cierto. Dijo que detestaba al conde y que le avergonzaba tener que estar vinculado a alguien así, que era un malvado. Quiso también que supiéramos que lo hacía sólo por dinero. Y terminó su breve intervención.

-Pensad lo que queráis de mí. Me da igual. Pero no me confundáis con él, por favor, no somos iguales.

Sonrío cortésmente y siguió comiendo de una manera que sólo puedo calificar de principesca. Nadie hizo un solo comentario. ¿Por qué nos sentimos avergonzados? No era por él, ahora lo sé, sé que por un instante fue como si un relámpago sucio y pegajoso iluminara la mesa y pudiéramos ver la dimensión de nuestras futuras renuncias, que ya habían comenzado, todo cuanto habríamos de callar y tragar y hasta qué punto nos envilecería esa docilidad al paso de los años. Incapaz de mirarle a la cara, mis ojos se dirigieron a la silla vacía del conde y no puede evitar imaginarlo en su lucha por introducir su desmesurado cuerpo en las reducidas dimensiones de la cabina de los servicios. Jamás amado, borracho, intentando extraer con sus blancas manos de niño su miembro irrisorio; inconsistente, fantasmal, pensando quizás en las absurdas palabras de su discurso aquella tarde en la capilla, en la importancia del dinero y en el tiempo que se fue y en la vida que se acaba.

(Enero, 2013)

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