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Descomunal, estrábico, profuso, agitaba los brazos en el aire, balanceando sus ciento veinte kilos de histrionismo italiano, su rotunda cabeza flotando disparatadamente sobre los hombros como si en cualquier momento fuera a desprenderse y rodar sobre las losas de mármol sin que dejara de sonar su voz estridente. Su voz.

Así apareció por primera vez ante mí el conde C. Durante el ensayo general de la ceremonia le gritaba al organista, se arrodillaba cantando a grito pelado algún himno nacional. Le exigía pasión, ferozmente, la holgada sahariana empapada en sudor. Los muchachos y yo nos mirábamos riendo por lo bajo, aquello prometía.

Yo trabajaba por entonces para una modesta productora de video de Granada. No sabía demasiado sobre el conde, pero sí lo suficiente. El año anterior había organizado en un hotel de la ciudad una mascarada en la que se imponía una dudosísima Cruz de la Orden de Malta a Miles Davis. Era verdad, yo vi las fotos, Miles Davis se parecía extraordinariamente a sí mismo, el conde sonreía desaforado a su lado, con sus ojos de camaleón entusiasta. Este año repetía la jugada y cuando me contaron que íbamos a grabar la ceremonia pensé que al menos sería más interesante que la planta de extrusión de plástico que nos tocó la semana anterior.

El hotel La Hacienda estaba situado en mitad de la nada entre Granada y la Costa del Sol, un sitio perfecto para desaparecer. El conjunto representaba un pueblo andaluz idealizado, las golondrinas anidaban en sus tejados y volaban con una notable gracia por el laberinto de galerías abiertas que comunicaba las suites. Había un piano de cola blanco en recepción y un órgano de verdad en la capilla situada entre el hotel, el lago artificial y los campos de golf donde el sol brillaba en toda su gloria. Un mar de olivos alrededor esperaba pacientemente el día en que inevitablemente devoraría sus ruinas. Había en todo el lugar una paz exaltante que olía a dinero y mundanidad. A la gente le gustaba escuchar las leyendas en las que las personas más poderosas de España venían a sus estancias a follar entre el rumor de las fuentes. Nosotros, desde luego, no habíamos visto un sitio así en nuestras vidas y arrastrando la pesadas maletas con los focos, sentíamos de manera aguda que no pertenecíamos a ese mundo.

Montamos las cámaras y los micros mientras el conde seguía poniéndonos a todos nerviosos. Yo no podía dejar de observarle. Combinaba las maneras de un seductor, de un tirano y de un psicópata y era difícil decidir cual de ellas era peor. Creo que había sabido sacar partido de su físico masivo y había desarrollado una personalidad expansiva hasta la asfixia del oponente. Alguien así no podía ser real, todo en él evocaba el mundo de los dibujos animados: la ausencia de cuello, el movimiento enloquecido de sus manazas, la extrañeza que provocaba la visión de algo inmenso pero ligero y en constante movimiento, la virtud hipnótica de su ojo izquierdo delirantemente exótropo, que hacía las funciones de un monóculo.

La ceremonia tendría lugar por la tarde. Mientras comíamos, los empleados del hotel nos contaron los sabrosos chismes que a su vez les contaron las limpiadoras, horrorizadas ante el arsenal de juguetería sexual que el depravado conde no se molestaba en esconder en su cuarto.

Apenas recuerdo detalles de aquella ceremonia. La cruz de la Orden de Malta se imponía a un cirujano plástico de Marbella, a un constructor que remodeló amplias zonas de Nápoles tras el terremoto de 1980 y a una psiquiatra suiza que no estaba nada mal. Un himno atronaba continuamente desde el órgano, ominoso e infantil. La capilla, un inconcebible cruce entre lo andaluz y lo austriaco. Uniformes, charreteras, discursos en diferentes lenguas, hombros desnudos de mujeres de cincuenta años todavía bellas. Había un tipo vestido como un mariscal del imperio austrohúngaro, con cierto aire de playboy de salud quebradiza, siempre a punto de desmayarse; nos dijeron que era un príncipe. Un pomposo despliegue de tedio políglota y mal gusto. El muy cosmopolita conde C., enfundado en un gigantesco chaqué, el pecho acribillado de medallas -y era un vasto pecho- leyó con pasión y con solvencia un discurso final mientras el sol teñía de un oro falso las vidrieras de la capilla: “Money is important, but time is important too, because when money is gone, is gone, but when time is gone, LIFE is gone.”

Durante la semana siguiente efectuaríamos el montaje del material bajo su tutela, productor él mismo del evento. Su intención era vender la ceremonia a una televisión canadiense, cosa que incluso en nuestra ingenuidad nos resultaba incomprensible, ¿quién querría ver algo así? La idea de un canadiense de provincias, enchufando un canal local a las tantas de la madrugada y enfrentándose a eso, dando cuenta del quinto vaso de whisky barato mientras en el exterior el viento polar hacía bramar a los alces, carecía simplemente de todo sentido.

La primera mañana el conde C. llegó a la productora enfundado en una gabardina corta de color gris oscuro que fatalmente le confería un aspecto de actor de carácter en una coproducción. Tras él una estela de un perfume dulce, abrasivo, y un muchacho marroquí ataviado con un traje Armani de imitación, con una cara exagerada, empalagosa. Sin quitarse la gabardina contó un chiste verde y a continuación empezó a quejarse. Había escuchado su voz resonando en una capilla, ahora la escuchaba rebotando en los techos bajos de un tercer piso. Íbamos a tener esa voz diez días entre nosotros.

No nos lo puso fácil, francamente, de hecho fue mucho peor de lo que jamás hubiéramos llegado a imaginar. El otoño se presentó frío y lluvioso, cuántas veces deseamos que algún día cayera enfermo y nos concediera un par de días de tregua, pero el conde tenía una vitalidad desbordante. Los camareros de una cercana cafetería nos informaban puntualmente de sus desmedidos desayunos: croissants y bocadillos de jamón, regados con tres cafés dobles. Toda esa cafeína hacía de nuestra vida un infierno. Se presentaba siempre con su acompañante, protestaba por todo, hacia llamadas internacionales desde nuestros teléfonos, en las que blasfemaba y amenazaba floridamente en varios idiomas. El muchacho se quedaba un rato, luego se aburría y se marchaba, para volver a recogerlo al final de la jornada.

Un sábado por la tarde me topé con ellos en la sección de ropa de unos grandes almacenes. Mientras yo buscaba una camisa que me pudiera permitir, él estaba plantado en mitad de la sección de una marca cara. Tenía un aire ausente, casi desvalido. Me disponía a acercarme y decirle algo, pero de los probadores surgió el muchacho con un abrigo tres cuartos puesto. Se dio una vuelta para que C. le viera. La cara del conde se iluminó mientras se acercaba a él le tiraba de las solapas y se retiraba de nuevo, verificando si le quedaba bien. Como en una mala comedia, no tuve más remedio que esconderme.

(continuará)

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