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Nunca llegué a saber cómo se llamaba. Probablemente boliviano, agradables facciones de indio y una voz de una suavidad tal que las nuestras parecían el estruendo de una cuadrilla de gorilas dopados encerrada en un sótano. Era el encargado de la limpieza de duchas y vestuarios en un gimnasio que yo frecuentaba. Le veía siempre pasando una mopa por el suelo, canturreando en un susurro. Trabajo repetitivo y mal pagado, las horas se le pasaban sumergido en un microclima húmedo y caluroso, rodeado por todas partes de vapor de agua y un vago olor amoniacal. Tardé en darme cuenta de que él era el único que permanecía vestido en ese recinto. Impávido, nos contemplaba, en esa conmovedora y vieja expresión, como nuestra madre nos trajo al mundo: la condición estatuaria de algunos, la sonrosada imperfección de los más, la decrepitud de la carne de los mayores. Nos veía como nos conocen nuestras amantes, como lo hace el cirujano o como lo haría un dios desencantado con su obra; desnudez pura, proyectos de cadáver futuro que prefiguran el gancho del matadero. Imagino que aún hoy seguirá pasando infatigable la mopa, cantando para sí aquella canción que nunca logré reconocer.

(8-12-2013)

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