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La relación de los hombres con las drogas es un intercambio conflictivo de utilidades, placeres, riesgos y servidumbres, enturbiado por la figura de la adicción, esa peculiaridad -mitad real, mitad construcción mítica- de arraigo tan fructífero en el imaginario que ha podido dar el salto más allá de la química y ahora hay quien pretende ser adicto a internet, al sexo o a la lectura diaria de El Faro Astorgano. Siempre me ha parecido digno de estudio que basta que alguna sustancia revele propiedades euforizantes, estimulantes o visionarias, para que a toda prisa y de manera irrevocable se decrete su intrínseco carácter nocivo, como si todo aquello que proporciona deleite tuviera necesariamente que tener incorporado un castigo.

El título de esta entrada no pretende escandalizar. Sé bien que los niños suelen ser utilizados con frecuencia en el discurso antidroga (a estos despavoridos prohibicionistas les preguntaría si alguna vez han visto a siniestros personajes vendiendo botellas de rioja a las puertas del colegio) del mismo modo que son utilizados de manera obscena a la hora de hacer propaganda de guerra contra el enemigo. No, simplemente pretendo contar cómo la infancia, que no es ajena a la crueldad, no lo es tampoco a los estados alterados de conciencia.

Los efectos del alcohol son quizás los más notorios. En mi abstemia familia fue muy celebrado el momento en que durante una excursión campestre y con apenas siete años, me pimplé en un descuido una buena cantidad de tinto de verano con resultados al parecer notables. Me comportaba de un modo insólito y me dio por cantar, hasta que caí redondo. No guardo recuerdo alguno de aquello, pero si me complace que durante mi iniciación dionisiaca me entregara al canto y que paganamente tuviera lugar al mediodía, cerca de un río y rodeado de árboles, pájaros, floración e insectos zumbantes. Sí que recuerdo más adelante los efectos que podían causar dos bombones de licor o unas pocas guindas en aguardiente ingeridas de modo casual. Euforia, un agradable vértigo, un despegarse de lo habitual inmediato. Recuerdo con nitidez el darme cuenta del vínculo entre la sustancia y el efecto y comprobar que aquella sensación me gustaba. Había en esa rudimentaria embriaguez una pureza esencial, una jubilosa transparencia, ¡no he vuelto a experimentar una ebriedad comparable!

De niño no me privé de ninguna enfermedad, así mi cuerpecillo fue procesando un arsenal de venenos. Aprendí a identificar los nombres y sabores peculiares de jarabes, pastillas, cápsulas y comprimidos.  Aun los más amargos o nauseabundos eran preferibles a la diabólica inyección -esas jeringuillas de cristal hirviendo, híbrido entre el insecto y el instrumento de tortura- o el intolerable supositorio, que siempre asocié con la idea de una autoridad arbitraria. Mis padres frecuentaban una farmacia en cuyas paredes la propietaria colgó desafiante algunos de los bocetos a tamaño natural que su marido, Prieto Coussent, había dibujado durante los años de laboriosa gestación de un monumental Cristo, monstruosamente lacerado, que en su momento escandalizó mucho al nacionalcatolicismo granadino. Ni en la más lúgubre de las iglesias uno sentía un sobrecogimiento semejante al que experimentaba en aquel santuario medicamentoso y archiburgués.

No he olvidado el sonido de los pasos de mi madre en mitad de la noche, su voz que apaciguaba, su mano sobre mi frente, el sonido de la cucharilla en el vaso de agua, el círculo de luz de la lámpara sobre la mesita de noche, destacando cada mota de polvo sobre el mármol, el olor intenso de los fármacos y el consecuente cese del dolor, la tos o la fiebre, la posterior inducción al sueño. En los setenta la histeria antidroga no había calado tan profundamente como lo haría décadas después y del mismo modo que existían aquellos optalidones con aspecto de medicina copta, no había jarabe antitusígeno que no incluyera liberalmente en su composición codeína, opiáceo que proporcionaba una mezcla de sedación y laxitud, permitiendo a la vez ciertos vuelos de la imaginación que me entretenían en mis confinamientos en la cama. Mis padres tenían pocos discos, básicamente lo más conocido del repertorio clásico. Yo, en ese estado, escuchaba una y otra vez la Sinfonía Fantástica de Berlioz, La Gran Pascua Rusa de Rimsky-Korsakov, la Obertura Leonora III de Beethoven, la 1812 de Tchaikovsky o fragmentos orquestales de Wagner. ¡Qué historias imaginaba, a qué remotos lugares viajaba, qué gustazo, señores! Siempre lo diré, le debo todo lo que ahora soy a los anticuerpos, la codeína y los clásicos populares.

En caso de gripe los antihistamínicos me proporcionaban, aparte de la supresión del moqueo, una mezcla de lentitud, insensibilidad y melancolía que cubrían el mundo con un cálido no sé qué, retardado, dorado, invernal. Me reconciliaban con lo cotidiano. Luego estaba la biodramina, fármaco que no sé si sería eficaz contra el mareo, pero que proporcionaba grandes pelotazos agravados por la nocturnidad en caso de viajes largos. Se entraba en un curioso estado disociado, mientras tras las ventanillas del coche, en las rectas interminables de las carreteras castellanas, se sucedían iguales a sí mismos los gigantescos plátanos de sombra, alzando furiosamente los brazos con sus troncos pintados de blanco heridos por los faros del coche; de vez en cuando la luz rojiza del alumbrado público al entrar en los pueblos dormidos y la siniestra figura embozada de los anuncios de Sandeman.

Recuerdo, por último, un libro en la biblioteca de mi padre. “Las riquezas de la tierra”, de un tal Semiónov. Un ameno manual sobre geografía económica. Sus capítulos trazaban la historia del té, el algodón, el cacao, la seda, el café, el lino. En sus páginas abundaban caravanas y barcos mercantes en ruta hacia países exóticos, audaces señores victorianos, sociedades geográficas y tratados comerciales. Uno de los últimos capítulos hablaba de las drogas y en concreto del opio y sus implicaciones económicas y políticas en la China finisecular. Un dibujillo representaba a un chino con los rasgos de Fu Manchú, echado en una esterilla y fumando una pipa. El texto decía “el fumador de opio experimenta una embriaguez en la que cree percibir la armonía de las esferas”. Yo era pequeño y no sabía exactamente lo que era la armonía de las esferas, pero aquellas palabras capturaron mi imaginación y deseaba fervientemente probar algún día aquella sustancia perfumada y tóxica. No ha podido ser. También por entonces las revistas hablaban mucho del LSD y la marihuana, ¡con cuanta envidia leía la palabra “alucinaciones”, cómo deseaba tenerlas! No importaba que estuvieran asociadas a todo tipo de consecuencias funestas que se pintaban con los colores más vivos, yo quería hacerme mayor de una vez y abrir esas ventanas hacia otra realidad.

Y hasta aquí hemos llegado. Esa otra realidad, ese territorio ha acabado perdiendo buena parte de su encanto y esplendor. Lo visionario no es ilimitado y también tiene sus rutinas. Tampoco es que mis experiencias adultas hayan sido sensiblemente diferentes a las de cualquier persona de mi generación. Ya las contaré en otra ocasión. En todo caso ya sabéis, niños, no hagáis caso a este señor y no os droguéis.

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