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Estos días, con motivo de la caída en el oprobio de Jordi Pujol y entre el abundante material publicado al respecto, he vuelto a encontrarme con una vieja historia que siempre me pareció hilarante. En abril de 1989, Pujol regresa en helicóptero oficial de un funeral por unos bomberos fallecidos; ve entonces una columna de humo elevándose desde el Vall d’en Bas, cerca de Girona. La quema de rastrojos estaba prohibida por la Generalitat, así que ordena detenerse al piloto. Me gusta imaginarme a ese payés, sofocado por el calor y cegado por el sol, que oye un zumbido y ve como desde los cielos desciende sobre él un helicóptero del que se baja de un salto el Honorable, dinámico, gesticulante, perentorio, moviendo nerviosamente sus bracillos, conminándolo a apagar en el acto el fuego. Una vez abroncado el campesino infractor, Pujol se subirá de nuevo al aparato, que desaparecerá engullido por la claridad solar y dejando al buen hombre con un complejo sentimiento de culpa y falta de patriotismo, una aguda consciencia de su insignificancia.

Qué no hubiera yo dado por un piadoso pintor anónimo, un Giotto, un Gentile da Fabriano que hubiera plasmado con los ingenuos colores de la leyenda este hecho singular. Un perro ladra a un helicóptero, recortado sobre el pan de oro del cielo, como un gran pájaro; en su interior se amontonan el rostro duro e indiferente del piloto y el semblante decidido pero amable del líder. Simultáneamente y ya en tierra vemos su gesto admonitorio, la actitud entre el asombro y la contrición del campesino, sosteniendo una gorra entre las manos, sus rústicos pies anacrónicamente descalzos sobre un campo de flores, la transparencia de una mañana de abril y, para que no echemos nada en falta, los pájaros sobre las ramas comentando con sencillo asombro el prodigio.

Giotto

Giotto, La predica di san Francesco agli uccelli (1295 a 1299)

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