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Hace tiempo, en una calle de mi ciudad se sucedían una serie de bares bautizados con mucha pompa: Versalles, Venecia… Nada en ellos hacía recordar los esplendores asociados a su nombre. Recuerdo un domingo por la tarde, un amigo y yo, que andaríamos entonces por los dieciséis, gastábamos nuestra última moneda en una caña. A la insoportable melancolía de cualquier domingo por la tarde se añadía la culpabilidad por, como siempre, no haber preparado el examen del día siguiente y el hecho de que ese fin de semana, como siempre, no se había producido el Glorioso Advenimiento del sexo.

El bar estaba casi vacío, una radio con las pilas gastadas emitía unos sonidos inarticulados, como de rata androide agonizando, que con algo de buena voluntad podían reconocerse como una retransmisión de fútbol. En la barra de acero inoxidable y cerámica op-art de un denso verde esmeralda, un varón de una edad que se nos antojaba fabulosa y que en nuestras impresionables mentes tomaba los rasgos de un alcohólico irredento, pedía otra caña. El camarero, hombre desabrido, se la sirvió con desdén y a continuación le puso una tapa. La tapa consistía en una albóndiga, una sola albóndiga, algo más pequeña que una albóndiga normal –destaco ese inquietante detalle- flotando en un charco de un fluido abyecto, todo ello recogido en una bandeja deslustrada de acero inoxidable que subrayaba cruelmente la escasez miserable de su contenido. A continuación y como quien ha repetido la operación en incontables ocasiones, abrió una botella de coñac nacional y la derramó por encima, extrajo de su bolsillo un mechero y tras dos intentos le prendió fuego. Con gesto prócer y una sonrisa de triunfo, plantó ante la mirada perdida del parroquiano la pequeña albóndiga flamígera, que ardía con una ruin llamita azulada. El parroquiano, un desagradecido, no hizo ningún comentario.

Nosotros volvimos a nuestros respectivos hogares con la desagradable sensación de haber recibido un mensaje sobre la vida que sólo muchos años más tarde estaríamos en condiciones de entender.

(31-10-2013)

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