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Gil Scott-Heron se equivocó al proclamar que The revolution will not be televised. La revolución ha sido y será fotografiada, filmada, televisada, compartida en los efímeros muros de facebook, twiteada, transformada en películas, canciones, series y videojuegos. Nada escapa a nuestra voluntad de registrar el más mínimo o el más atroz de los hechos, lo que es también una forma de hacerlos desaparecer.

Ayer estuve revisando dos vídeos especialmente escalofriantes que recogen la caída televisada de Nicolae Ceaușescu, Secretario General del Partido Comunista Rumano, que ejerció desaforadamente el poder durante la segunda mitad del siglo pasado.

En el primero asistimos al último discurso del Conducător, el 21 de diciembre de 1989. Se dirige desde un balcón del edificio del Comité Central a la multitud congregada en la Piața Palatului. Con una sonrisa impostada y el cansancio de quien tantas otras veces lo ha hecho, desgrana los logros recientes del régimen. Hay un instante en que desde la multitud, detrás de las primeras filas de entusiastas o figurantes, surge un sordo abucheo que se extiende imparable en ondas concéntricas hasta que Ceaușescu, se da cuenta de lo que está ocurriendo y deja por un instante de hablar. Esa expresión de su cara. Estupor, incredulidad, el desconcierto de quien es despertado bruscamente y comprende que ha ocurrido algo irreversible; que ya, en ese preciso momento, ha sido derrotado por fuerzas que escapan a su control y le destruirán. Fueron décadas de dictadura ineficaz, minuciosamente policial (se dice que la vasta red creada por la Securitate implicaba un informante por cada 43 ciudadanos), de suspensión funcionarial del tiempo, pero ahora Ceaușescu ve desde ese balcón como la Historia asoma su rostro furioso. La televisión nacional corta en ese momento la señal. Las cámaras reciben órdenes de apuntar hacia el cielo o hacia la fachada desnuda de los edificios oficiales. Sobre esas imágenes se conserva grabado un segmento de audio en que una voz de mujer da instrucciones perentorias mientras Ceaușescu intenta apaciguar desde los micrófonos a una multitud que ya empieza a fluir hacia las puertas del edificio. Es Elena Ceaușescu, su esposa y Viceprimer Ministro del pais. Cuatro días después ambos estarán muertos.

Nicolae era de origen campesino. Huyo muy joven de su casa y de una figura paterna brutal. En la capital trabajó como aprendiz de un zapatero que junto al uso de la escofina y la lezna le inició en las esplendorosas visiones de futuro del materialismo histórico. A los catorce años ingresó en el partido comunista rumano. A los veinte, curtido en resistencia y lucha callejera, conoce detenciones y estancias en prisión. También conoce a Elena Petreșcu, que será su compañera de por vida. Una serie de sucesivas y fortuitas jugadas del azar -como compartir celda en el campo de concentración de Târgu Jiu con el líder comunista Gheorghe Gheorghiu-Dej, que lo hará su protegido- le llevan a la jefatura del partido y finalmente a la presidencia del país. Tras unos inicios discretamente aperturistas, marcando distancias con la URSS, Nicolae y Elena acaban ejerciendo una autoridad sin contemplaciones e imponen un risible culto a la personalidad.

Finales truculentos y abyectos no son infrecuentes en las trayectorias de los tiranos. Robespierre murió gritando cuando el verdugo, al acomodar al incorruptible en la guillotina, involuntariamente le desató el pañuelo que sostenía su mandíbula inferior destrozada por un disparo. Difícil olvidar las imágenes de los cadáveres de Mussolini y Clara Petacci[1] arrastrados por las calles de Milán y colgados boca abajo en la Piazzale Loreto, el sórdido final de Sadam Hussein o la muerte violentísima de un Gadaffi asustado y, como un imposible Cristo, cubierto de sangre.

Los matáis y los echáis en fosas comunes. Que no quede vivo ni uno, ¡ni siquiera uno!”. Se atribuyen esas palabras impías, no sé con cuanto rigor, a una Elena aterrorizada, cuando tras el discurso tienen que subir a un helicóptero y abandonar in extremis el palacio, ya invadido por las masas.

El ejército cierra el espacio aéreo y se ven obligados a aterrizar en el campo y a huir por sus propios medios. Una serie de peripecias en la carretera aplazan lo inevitable. Puedo imaginar a Nicolae y Elena, tras toda una vida juntos, sus manos manchadas de sangre indeleble, el corazón palpitando, mirando por última vez en su vida la carretera vacía y las ramas de los árboles mecidas por el viento frío, dando vueltas por el arcén, furiosos, desesperados, deseando que alguien quiera llevarles lejos, dispuestos a pagar lo que fuera. Un médico los recoge, pero acaba fingiendo una avería para librarse de ellos. Un segundo conductor los engaña, llevándoles a una granja donde los encierra en una habitación en la que serán detenidos poco después.

El 25 de diciembre se improvisó a toda prisa una parodia de consejo de guerra mientras se reclutaba entre el cuerpo de paracaidistas a los integrantes de un pelotón de fusilamiento. Hay una grabación del proceso. Ceaușescu baja de una tanqueta en una posición ridícula, indigna, y graban el reconocimiento médico de ambos. Un testigo declara que Nicolai había mantenido su decoro personal, en oposición a Elena, que se había descuidado y olía mal, aunque “parecía no importarle”.

El juicio es una farsa apresurada, su puesta en escena tiene algo de oficinesco. El fiscal desgrana una serie de acusaciones hinchadas (no era necesario, Ceaușescu y su esposa tendrían plaza garantizada en el infierno sin necesidad de exagerar). Nicolae, que ha rechazado al abogado de oficio por haberle sugerido que se declare demente, se defiende afónico, completamente fuera de la realidad, hablando de “traición” y “falta de patriotismo”. Elena permanece en silencio, pensativa, como quien sabe que le quedan escasos minutos de vida.

Se dicta la sentencia, que se cumplirá en el acto. Nicolae hace un gesto de impotencia. Ambos quedan por un instante a la espera, empequeñecidos, agotados, los abrigos puestos. No se miran a los ojos, no se cogen de la mano; van a morir pero se limitan a intercambiar unas frases malhumoradas. Dos ancianos enojados, como si les hubieran puesto una multa por aparcar mal.

Cuando les anuncian que serán sacados al patio para ser fusilados de uno en uno, Elena parece recuperar la energía y se yergue, exigiendo su derecho a morir juntos. Nicolai sale también de su resignación, sí, deben morir juntos. La firmeza de Elena sólo se quiebra cuando proceden a atar sus manos a la espalda. Ambos protestan, claman “vergüenza” al sentirse definitivamente inermes. “Yo os he criado a todos vosotros” vocifera Elena. Un soldado le replica: “nadie te va a ayudar ahora”.

Aquí se interrumpe la grabación. Fue todo tan rápido que el cámara no llegó a tiempo. Hay quien asegura que el dictador cantó la Internacional antes de que le dispararan y pronunció un teatral e improbable “la historia me vengará”, mientras ella se enfrentó a los miembros del pelotón llamándolos hijos de puta.

Nunca se sabrá. La cámara vuelve a grabar en el momento en que la columna de polvo levantada por las balas de las ametralladoras se disipa, dejando a la vista los dos cadáveres. Dos muñecos desmadejados, irrisorios, nulos. A Nicolae Ceaușescu le gustaba mucho Kojak y se hacía proyectar la serie en el palacio presidencial. Elena Petreșcu obtuvo por cojones un doctorado en Ingeniería Quimica presionando a los catedráticos que juzgarían su tesis, todo con tal de alcanzar el viejo sueño de cuando era una joven auxiliar de laboratorio. Ahora están muertos y es el día de Navidad. Fue la última ejecución en Rumanía, la constitución de 1991 suprimiría la pena de muerte.

[1] Nota. El sombrío Scott Walker tiene curiosamente sendas canciones de pesadilla sobre la muerte del Duce y la del Conducator. Ninguna de las dos llegará a ser canción del verano salvo en alguna dimensión paralela que, francamente, no querríamos nunca visitar.

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