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Tengo una curiosa relación con los veranos. En mi trabajo –soy guionista- ocurre con frecuencia que los periodos de inactividad no coinciden necesariamente con esa estación tantas veces celebrada con desparpajo por los cantantes sin pretensiones. De este modo he llegado a perder esa asociación instintiva entre verano y vacación, la idea de viaje, de escape de la realidad habitual con su mezcla letárgica de conflictos y sumisión.

Este verano se repite una situación familiar. Mientras las calles se van despoblando, los bares habituales bajan la persiana, los amigos se despiden para viajar a fantásticos lugares remotos o a delicados rincones de nuestra geografía, yo permanezco en la ciudad, absorbido por varios proyectos de incierto futuro mientras noticias descorazonadoras humean sobre el mundo.

Son días extraños. El exceso de luz, la bofetada del calor, su agresivo estruendo. El calor, que corrompe las frutas y mata las plantas. Los médicos sugieren que debemos protegernos con densas cremas, protegernos de algo que puede hacerte daño a millones de kilómetros de distancia. ¡Y qué aún exista la canción del verano!

La ausencia de los amigos favorece una vida de recluso. El mundo ardiente de fuera está dañado por la irrealidad, las salidas durante el día acaban por resultar alucinatorias. Te encierras, dejas la casa en penumbra. Mientras tras las ventanas un resplandor blanco calcina el empedrado y ni los insectos se atreven a salir, el silencio queda roto por el sonido intermitente de tus dedos tecleando. Los personajes de las distintas historias que te ocupan van creciendo en la quietud de las habitaciones esterilizadas por el aire acondicionado: un delincuente maduro enfrentado a su decadencia vital, niñas de instituto enamoradas de musculosos galanes canoros, un escéptico general morfinómano en una colonia española, un luthier tranquilo y anárquico que resuelve casos, un niño que es testigo sin saberlo del hundimiento del mundo de sus padres mientras un astronauta gira en soledad en torno a la luna… Las ideas fluyen serenamente, con naturalidad, te sientes en plena posesión de tus recursos y crees que será así para siempre. Tienes fantasías de grandes cambios con la llegada del otoño.

Son días deplorablemente castos. Como fruta, hago deporte, lleno las horas con tareas mecánicas como poner la lavadora, tender la ropa, hacerme frugales comidas; momentos en los que el vacío mental llega a rozar la beatitud. También estas líneas se llevan lo suyo, no penséis que esto no me cuesta a veces la misma vida.

Como paso mucho tiempo sin hablar con nadie, me entrego a absurdos accesos de locuacidad cuando salgo a comprar. A veces hablo con el gato, le digo cosas, lo que me hace sentirme pintoresco y miserable. Este verano promete, ya lo creo.

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(Eduardo Longoni)

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