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A primera vista Julio Verne se nos aparece como un plácido burguesazo, dado a entusiasmos algo gimnásticos ante los avances de la ciencia, optimista, diurno, racional. Sin embargo su vida y su obra no están exentas de zonas de sombra. Problemas digestivos y una dolorosa parálisis facial le perseguirán toda su vida, un sobrino le sale al encuentro en un camino rural y le dispara dos veces, dejándole una cojera de la que no se repondrá, la relación con su hijo podríamos calificarla de conflictiva en el mejor de los casos y sus últimas obras –Ante la Bandera o Los 500 millones de la Begún– profetizan algunos de los aspectos más siniestros del siglo venidero. Sí, el típico protagonista de sus libros es un hombre de acción sólido, equilibrado, vigoroso, pero el autor no puede ocultar su fascinación por las personalidades oscuras: el Robur de Dueño del mundo, el Capitán Hatteras recluido en una institución mental y caminando eternamente en dirección hacia el norte y, por encima de todos, el Capitán Nemo.

Parece que 20.000 Leguas de Viaje Submarino inspiró a Rimbaud el alumbramiento de Le Bateau Ivre. Al fin y al cabo se trata de un descenso hacia un mundo desconocido: lo que se esconde bajo la superficie del mar y lo que se esconde bajo la actividad mental consciente eran por entonces misterios impenetrables; el material reprimido almacenado en el inconsciente decimonónico es de tal calibre que su irrupción en el siglo XX provocará millones de muertos.

Y ahí tenemos al sombrío Nemo, el hombre que nunca ríe, monarca absoluto de unos dominios lejos de las leyes de los hombres. Nemo es un maldito, un personaje de estirpe byroniana, pasado por Poe, no muy distante de aquel reclusivo Des Esseintes del Au Rebours de Huysmans. Por supuesto que está el Nemo del credo positivista, ingeniero que ha hecho de la ciencia su religión, poseedor de una inagotable curiosidad ante los fenómenos del mundo; su Nautilus es una embarcación y una fortaleza, pero es ante todo un museo que contiene obras de arte, cientos de libros y maravillas de la naturaleza (el siglo XIX concibe la realidad como un museo). No faltan los lujos: Nemo no se priva de refinados banquetes en un comedor de lo más cuco con sus aparadores y su porcelana china y en su biblioteca encontramos unos cómodos sofás donde suponemos que el profesor Aronnax se echaría unas siestas de órdago tras fumar esos excelentes cigarros confeccionados con algas.

Hasta ahí llega lo tranquilizador. El resto no lo es tanto. Verne dota a Nemo de un pasado imperdonablemente exótico y desaforadamente trágico. Decidido a separarse para siempre del resto de la especie humana, recluta a un grupo reducido de fieles para formar un falansterio subacuático de hombres castos y silenciosos. Bajo el lema Mobilis in mobili sublima su desdicha en forma de sed de conocimiento y ánimo de venganza. A veces, en los momentos de íntima desesperación llora y toca el órgano. El mundo bajo las aguas le proporciona libertad ilimitada pero también es una cárcel atroz, un reino privado de luz, donde en un silencio de espanto los monstruos marinos se deslizan entre corales de sangre, tesoros de galeones españoles y ruinas de antiguas civilizaciones sumergidas bajo aguas del color de la absenta.

En un momento de genio no carente de crueldad, Verne hace aparecer al personaje en otra de sus novelas, La Isla Misteriosa. Nemo ha envejecido, uno a uno han muerto los hombres que le acompañaban en su experimento comunal. Tras enterrar al último de ellos en su cementerio submarino, Nemo emprende un viaje sin retorno hasta quedar atrapado en las entrañas de una isla volcánica donde encuentra la paz y la redención ayudando a un grupo de náufragos americanos del ejército de la Unión. Lo que omite y merecería ser contado es ese último viaje del Nautilus: el anciano Nemo atravesando por última vez su mundo, sin futuro posible, sin remordimientos, cumplida su misión, deambulando en una soledad inimaginable por los corredores de su nave, iluminados por los resplandores venenosos del sodio, recordando quizás la luz del sol, la lluvia empapando la tierra y el cuerpo amado de una mujer. Agarrándose a la frágil esperanza de recuperarlos.

(19/05/2014)

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