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En lo que llevo de blog ya he largado dos o tres secretos que personas más circunspectas que yo considerarían imprudente revelar. Así que de perdidos al río, sigamos haciendo espectáculo de mis miserias.

Ando estos días por Valencia por cuestiones de trabajo. Llegué a esta ciudad tras un viaje algo alucinatorio bañado en una luz cegadora, en compañía de un conductor pulcro y cordial que trabaja en seguridad privada -entre José Luis López Vázquez y Torrente- y un joven, robusto y finlandés, que se pasó todo el trayecto durmiendo. Un viaje no ausente de simbolismo (paisajes lunares, castillos, animales muertos en el asfalto en cantidades inauditas) ni de peligros reales (camiones de mensajería en llamas atravesados en la carretera, cartas, libros, cheques, manuscritos, regalos que nunca llegarán a quienes ansiosos los esperan). Sí, ese trayecto merecería otra entrada en otra ocasión.

Mi trabajo consistía en arrancar con una guionista una serie destinada a chicas de doce años, protagonizada por chicas de quince años enamoradas de la moda juvenil y la fama, fascinadas por varones musculosos con aspecto de proxenetas y proclives a la canción melódica (de esas en que se repite mucho “tu piel” y “mi piel”). El pequeño Calvino y el pequeño Unamuno que habitan en un pequeño rincón de mi lóbulo frontal llevan días aullando, furioso el uno, desconsolado el otro, a la luna.

Me reúno con mi compañera guionista en un barrio nuevo y popular de la ciudad, situado al otro lado del río, uno de esos barrios construidos en los años ochenta. Podría estar en Granada en Valladolid o en Teruel, en cualquier lugar de la tierra. Siempre que visito uno de esos vecindarios no puedo evitar jugar con la idea de que vivo allí, siempre he vivido allí y –lo más importante- jamás saldré. Semejante sensación no sólo no me aterra sino que me provoca una paz inquietante.

Vivo en la actualidad en uno de los entornos más interesantes que quepa imaginar, un antiguo barrio árabe medieval sobre una colina, una suerte de pueblo andaluz platónico del que salgo y al que ingreso a través de un arco del siglo XI. Y, sin embargo, me encuentro cómodo en esos barrios anodinos, carentes de toda personalidad (salvo un entrañable rótulo luminoso que reza “Asociación de Alcohólicos Rehabilitados Mediterráneos”) y que a cualquiera le parecerían el infierno. ¿Qué me hace sentir bien?, ¿por qué mi alma gusta de calzarse un chándal e imaginarme un poco -sólo un poco- más joven viviendo una vida ajena en semejante lugar?, ¿por qué esa embriaguez de ser otro, de sumergirme en un anonimato sin grandeza y sin esperanzas?, ¿no será un deseo de anularme definitivamente, una pulsión de muerte?

Un universo limitado, neto, de paz dominical y churros envueltos en papel de estraza, paseos con un perro chico y cojo, lúbricos torpores durante la siesta; un mundo de geles baratos y aerofagia, de canarios con dermatitis y talleres mecánicos, de persianas sucias y ardientes bajo el sol, niños de primera comunión y retransmisiones deportivas en los bares, copas de coñac y cáscaras vacías de cacahuetes. ¡Ah, un reino a mi medida, sin fantasías y sin esperanzas, de goces módicos, inmediatos!, donde el tiempo se estiraría a voluntad, insensible, sofocante, amodorrado. Que sueñen otros con el barrio judío de Praga, huertos de naranjos en la bahía de Nápoles, el sol naciente sobre el lago Victoria o las terrazas del Ganges, yo lo hago con los pasillos exuberantes del Mercadona, siempre iguales a sí mismos; en las naturalezas muertas de sus estantes, entre las voces de las jóvenes cajeras, se esconde el mismo secreto de la existencia, todo allí me habla de eternidad, de los circuitos cerebrales de un dios cansado.

El colmo de la emoción lo experimenté al entrar en una papelería del barrio: lápices de colores, cartulinas, bloques de plastilina, carteles con foto anunciando arreglos de trajes de fallera para niñas. Observando a la dependienta sentí una ternura maniaca, un desaforado deseo. Cuarenta años ligeramente ajados y sonrientes, una delicada y frágil belleza al límite de la fealdad pero no ausente de coquetería, un perfume fresco, floral y miserable flotando en torno a su blusa. Quería tomarla por esa cintura ceñida por una goma elástica, sentir su cabeza resfriada apoyada en mi hombro, consolarla. ¡Qué ansia crapulenta por adormilarme toda una vida junto a ella mientras en el televisor –y nuestra foto de boda amarilleando al lado- los leones devoran a un ñu y en el ojo de patio la voz de Carlos Herrera sobrevuela majestuosa las hileras de bragas estampadas, jerseys de angorina y vaqueros de imitación tendidos entre un olor clamoroso de boquerones fritos y caldo de pollo! Detestaría escribir, detestaría leer, en esa casa soñada sólo gotelé y la voz de ella cantando mientras recoge la cocina, tosiendo con una tosecita de fumadora de tabaco negro, quizás un cd recopilatorio de éxitos del verano de los ochenta y un ejemplar manoseado de Muy Interesante. Yo trabajaría durante el día en una mercería, intercambiando picantes malicias con clientas de una vulgaridad santa y por las noches asistiría en un estupor silencioso y reverente a su lento declive. En mi depravado y modesto idilio imaginado tampoco existen hijos, parece que mi feroz egoísmo permanece intacto.

En fin, ya sabéis qué clase de tipo soy. No digáis que no avisé.

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