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Hace un par de meses Miguel Morales, pintor y hombre de bien, nos pidió a algunos amigos un breve texto para el catálogo de su exposición NudeNaked. Ésta fue mi contribución.

“Miguel Morales es un hombre que pinta otros hombres. También toca la guitarra eléctrica, enseña dibujo a jóvenes, practica deportes viriles, es un padre solvente y un excelente compañero de correrías, la clase de persona con la que en otros tiempos uno no hubiera dudado en embarcarse para cruzar el océano. Pero, ante todo, es un hombre que pinta, incluso durante los años en que se ha abstenido de hacerlo. Miguel Morales se toma muy en serio su oficio. Una visión superficial de su pintura, que no se asusta de mirar lo grotesco a los ojos (esas figuras en calzoncillos, ese humillante braslip Ocean, aniquilador de toda trascendencia, esas pichas irrisorias, infamantes, ¡ah, qué risa y qué desesperación!), sugeriría la Weltanschauung de un gamberro nihilista y agresivo. Yo, por el contrario, estoy convencido del extremo rigor estético y moral de su pintura.

Heredero al fin y al cabo de la gran tradición romántica, Morales cree en el gesto, en su valor mágico, fundacional. No gusta de corregir, le agradan los pentimentos, las huellas de una voluntad en acción. No le interesa la perfección, no busca el bello acabado, los aspectos meramente sensuales de la pintura no le interesan. Profundo conocedor de la historia del arte, Masaccio, Picabia, Solana, Daumier, Ensor o Kirchner están en el origen de su estética.

Morales investiga la forma, pero le interesa el hombre. La figura humana es la materia de su arte, siempre presente, obsesivamente presente. Una humanidad entre lo inquietante y lo ridículo, doliente, arbitraria, risible, genital. Entre Beckett y el zoológico, entre Makoki y el Ecce Homo. La mortalidad, el despojamiento, el absurdo de nuestra presencia en el mundo impregnan como una angustia densa sus lienzos. Morales no se hace ilusiones, en sus cuadros está el hombre que enferma y tose, arrojado indefenso al tiempo, el hombre al que le cuelgan los huevos, sin grandeza, feroz e insignificantemente humano. Pero hay algo que le salva de la desesperación y es que Morales cree apasionadamente en la pintura como aquello que confiere sentido a lo real. La pintura es su única fe.

La ambición de todo artista es llegar, como Beethoven en sus últimas sonatas, como cincuenta años después Rimbaud en sus poemas finales, a la economía absoluta de medios, a la evaporación misma de su lenguaje en el límite mismo de lo expresable. Hace poco Miguel Morales nos explicaba “…hasta que fui depurando y me quedé en el blanco, negro y gris; ahora no necesito más”. Dicho lo cual, cualquier cosa que pudiera añadir sería una torpe redundancia”.

Marat Óleo sobre cartón. 105 x 75 cm

Marat
Óleo sobre cartón. 105 x 75 cm

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