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¡Y no he hecho más que empezar! Sé que esta confesión, en público y apenas transcurrida una semana desde que abrí el blog es cómica y temeraria. Cómica porque recuerda la huelga de hambre, breve como un haiku, de un corrompido y racial alcalde de Marbella que era un cachondo. Temeraria porque pocas cosas más peligrosas que declararse un indeciso y un vago. Trabajador, luchador, intensificadas por un “infatigable”, son las palabras honradas por el mundo. ¡Y con motivo!, la gente luchadora hace mucho por la especie, si no fuera por ellos aún seguiríamos en el paleolítico, comiendo tirillas de carne momificada y bayas amargas, desdentados, entre la siesta, el escalofrío y el garrotazo. No hay la menor sombra de ironía en lo que digo. Qué más querría yo que tener una causa, cómo me gustaría haber consagrado mi vida a luchar por algo, a construir una obra imperecedera, o al menos a ganarme una reputación, qué demonios.

Publicar con una periodicidad aceptable sin bajar la guardia –me conozco, si empiezo a flaquear pueden pasar veinte años hasta la próxima entrada-, no recurrir en exceso a viejos textos para que el lector no sienta que está hojeando periódicos usados. Ya me avisó mi amigo Simon Zabell cuando me comentaba: “bienvenido a la esclavitud del blog”. Blog. Suena a personaje mítico del Antiguo Testamento. “Así dice el Señor Yahveh: Aquí estoy contra ti, Blog, príncipe supremo de Mesech y Tubal”. Por no hablar del tiempo y energía que me roba y que podría invertir en asuntos más importantes que estas pequeñas hojas de vanidad. Y sin embargo…

Abrir un blog es una promesa, un contrato con otros, una palabra dada. Ha aparecido en mi vida a la vez que el gatete que mientras escribo estas líneas recorre a velocidades absurdas la casa en feroz batalla con pájaros y roedores imaginarios. No puedo abandonar a ninguno de los dos, aún pequeños, tan vulnerables como despóticos.

Me acabaré acostumbrando. Imagino que poco a poco me resultará más fácil. Iré perfeccionando mis trucos, mis pequeñas rutinas. Y así, cuando este blog ya no suponga un problema para mí me lo notaréis, empezaréis a cansaros de mis limitados recursos, la repetición abusiva de unos pocos temas, mis calculados golpes de efecto, mi redicho abuso del adverbio y del gerundio, la vacuidad última de cuanto digo. Perdidos los alicientes de la novedad y el asombro – “the thrill is gone…” – definitivamente decepcionados, dejaréis poco a poco de frecuentarlo, como todos hemos dejado tantas cosas.

Mientras tanto no lo paso mal escribiendo toda esta ephemera. Tengo, claro, mis dudas, ¿más desesperación?, ¿más risa?, ¿ahueco demasiado mi voz?, ¿soy ridículamente serio?, ¿soy un payaso? O la más paralizante de todas: ¿será ésta peor que la entrada anterior?

Lo grave es que me doy cuenta de que he procedido a una confesión indecente de mis flaquezas y todo con tal de hacer una entrada nueva. Estoy quemando mis naves. De seguir así, ¿a qué truculencias, a qué deplorables indiscreciones no acabaré recurriendo con tal de mantener con vida a este monstruo?

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