Etiquetas

, ,

Ayer fui a un concierto. Hacía cola con un amigo en Plaza Nueva, en la explanada ante el edificio de la Chancillería, en cuyo patio nos íbamos a meter entre pecho y espalda un cuarteto con piano de Mozart y otro de Fauré, que hacen por cierto una interesante pareja.

Ellas estaban ya preparadas en una esquina de la plaza, los tambores desparramados por el suelo. Sabían perfectamente que en los conciertos de entrada libre se forman grandes colas una hora antes. A la luz de la tarde ocuparon el centro de la plaza y empezaron. Era una batucada de chicas. Individualmente cada una de ellas se prestaba a la generalización y podríamos haber prejuzgado cierta hosquedad hirsuta de perro y de flauta. Pero no. Se metieron a todos en el bolsillo. Cuando la que hacía las veces de directora pasó sonriente el sombrero hasta Alfonso Ussía se hubiera estirado. Estaba, claro, el poder visceral de la percusión, pero también estaba una sencilla y juguetona coreografía irresistible. Todo respiraba un aire entre reivindicativo y celebratorio del poder de la feminidad y de una existencia libre, instintiva, sin límites y sin cargas. La mezcla de intensidad neolítica y pura gracia, sus gritos al unísono, el feliz abandono con que golpeaban sus tambores… yo mismo estuve a punto de gritar ¡matriarcado! con lágrimas en los ojos.

Abrieron entonces las puertas de la Chancillería y entramos deprisa hasta el patio interior, con esa sensación de mala conciencia de saber que muchos se quedarán en la calle por cuestiones de aforo. La Chancillería. Arcos, galerías, penumbra y la imagen opresiva de un águila imperial en sus muros. Había como condensaciones de historia en la piedra franca. La casa de la justicia, por todos deseada, incesantemente buscada y que tan aterradora se vuelve cuando cae sobre ti. Vamos ocupando las hileras de sillas vacías y bajando incongruentemente la voz, sospecho que por la presencia del piano de cola, siempre con ese no sé qué de féretro. Pero la batucada no ha terminado, el sonido llega de repente con fuerza desde el exterior, reverberando en el patio con la intensidad de descargas de fusilería. El público se siente un poco desconcertado. El estruendo se va transformando en algo molesto y finalmente amenazador. El ritmo ya no es puro juego, ahora es algo obsesivo, mecánico, algo que escapa a cualquier intento de control, que una vez en marcha ya no se puede detener. El sonido de proclamaciones y motines. Las palomas estaban acojonadas, no sabían donde meterse.

Anuncios