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Ocurre sobre todo en los pueblos o en algunos lugares de veraneo. Ambos mundos se superponen en las calles. Los adultos, entregados a sus asuntos, los ven agrupados en bandadas, descolgándose por tapias y saltando escalones, entrando o saliendo de solares abandonados, desparramándose por el territorio. El sol es su aliado, las caídas no rompen sus huesos. Una condensación de gritos y voces anuncia su llegada pero a veces se les puede ver sumidos en un silencio inusual, observando, simplemente. Algunos los ignoran, otros sonríen al verlos porque guardan un recuerdo de lo que fueron, otros –con frecuencia borrachos, mendigos, aquellos confinados en los márgenes- tienen el don de saber hablar con ellos.

Como los gatos, mientras están en el mundo exterior, fuera de sus hogares, nos ignoran, desconocen la magnitud de nuestras renuncias, la gris complejidad de nuestras costumbres, en especial la agotadora búsqueda del apareamiento. Tienen caprichosos horarios, hacen salidas intempestivas a la calle, sus vagabundeos en una tarde perezosa de verano trazan fantásticos dibujos que acaso tengan algún significado. Viven en otra dimensión del tiempo, en un presente constante, viven en un espacio que no es el que nosotros vemos. La casa abandonada es algo más que una melancolía problemáticamente insertada en el paisaje, la línea imaginaria que divide el campo de malas hierbas (en el que se adentran sin importarles la maleza espinosa que araña las rodillas, golpeando indolentemente con una vara las cabezas de las amapolas) es en realidad la entrada a un reino peligroso. En su mundo, saturado de violentas impresiones de los sentidos, todo es otra cosa, la realidad muta incesantemente en una continua representación. Hacen cosas absurdas, sí, juegan a ser lo que no son, a ser héroes y bandidos y matarse entre ellos (les encanta sobre todo fingir que mueren), aprecian como fabulosos tesoros objetos de ínfimo valor, practican extraños ritos, (visitar a diario el cadáver de un perro semienterrado, verificar entre el zumbido de los insectos el lento avance de su disolución, dejando al lado piñas y montones de piedras como ofrendas secretas), rompen a correr espontáneamente por una cuesta abajo, sin sentido aparente. A veces está el sabor del polvo en los dientes y el peligro y el corazón palpitando, a veces el asombro ante el movimiento silencioso de las nubes. Cuando cae la noche vuelven agotados a sus casas y se quedan dormidos pronto. Sus madres ven sus pequeñas cabezas despeinadas en la oscuridad y ruegan a una divinidad impersonal que nada malo los roce, sin saber que apenas los conocen.

(16/02/2014)

 

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(Willy Ronis, “Escalier de la rue Vilin, Belleville, Paris”, 1959)

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