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El centro de salud del Albaicín, el barrio donde ahora vivo, parece el sueño húmedo de un socialdemócrata defensor de la sanidad pública. Yo mismo, vamos. Coquetuelo, luminoso y ostentosamente sureño, todo doctoras y enfermeras sonrientes en una peculiar atmósfera de placidez y entusiasmo. A veces pensarías que te van a dar un abrazo. En comparación mi anterior ambulatorio en un barrio burgués de la capital tenía el perfil moral de un lazareto de Corea del Norte. Mientras esperaba mi turno, una madre joven en frente de mí hablaba con su hijo de unos nueve años. Qué asombrosa nos parece a los solteros esa intimidad única entre madre e hijo. Él llevaba gafas, unas preciosas gafas azules de gruesos cristales; parecía algo quebradizo, muy lejos de esos niños vigorosos capaces de proezas atléticas y de los que sus padres suelen estar orgullosos. Tenía sentido del humor. Me encantan esos rapaces listos, canijos, precarios. Su madre y él se adoraban; imagino la risa feroz de sus compañeros si conocieran ese amor. Hablaron de los Rolling Stones, de que seguramente le dolería cuando le sacaran sangre -tendré que santiguarme entonces, decía el crío-, de los zombies.

-Eso son cuentos.
-No, no son cuentos.
-Claro que lo son, si todos los muertos se despertaran a la vez estaríamos aviados.

Finalmente pasaron a discutir sobre la diferencia entre inmortales y vampiros, disquisición de tal sutileza que no hubiera estado fuera de lugar en un concilio griego. Pero estoy divagando, de lo que yo quería hablar es de cómo el médico ha ocupado el lugar de los antiguos sacerdotes, irremediablemente abocados a la extinción. La bata blanca es la nueva sotana. Los pasos del ritual son los mismos; el paciente, culpable, acude abrumado por la contrición y reconoce una vida extraviada, plagada de hábitos intolerables. El médico juzga, amonesta con mayor o menor severidad, asusta si lo considera necesario. A continuación determina una dieta, un camino de perfección que no llevará a la vida eterna (oh, somos ya demasiado civilizados, estamos demasiado cansados para admitir semejante idea) pero sí a una deseada prolongación del escaso tiempo del que disponemos. Recibimos la comunión bajo la especie de fármacos que una vez administrados procuran curación o alivio. Uno sale al sol y a la vida absuelto, transfigurado, con una sensación paradójica de tristeza y buena voluntad, sintiendo que esas calles seguirán con su agitación matinal con o sin nosotros, meditando todavía con cierta incredulidad sobre los nuevos límites impuestos. Después corres ingenuamente hacia el puesto del mercadillo a comprar frutas y verduras como si no hubiera mañana, lleno de buenas intenciones, de deseos de purificación, de fe en que es posible un cambio. Y por dentro la indecible melancolía de decir adiós a los vicios más queridos. Hay un momento a partir del cual la vida consiste en aprender a decir adiós.
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(Ben Shahn, “Women’s Christian Temperance Union Parade”, 1947)

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