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Son sólo unos pocos grados en el cabeceo del planeta, exponiendo nuestra fragilidad al soplo de una bestia inimaginable a millones de kilómetros de distancia y que algún día nos devorará. Es el sabor del níspero y la picadura de la avispa, el azul sonoro de la primera vez que viste el mar, el olor de la sandía y del cloro; eran largas semanas de libertad y vagabundaje, la costra de la herida sobre las rodillas, el oscuro frescor de la poza de un río -y bajo el follaje, manchado de sol, estaba la eternidad-; son las noches fragantes y el delirio húmedo, sofocante, del insomnio, es polvo, espuma, surtidores, la luz cegadora que hiere los ojos, la alegría de los pobres, el sabor inocente y violento del gazpacho, es la camisa empapada en sudor, las siestas en penumbra mientras en algún lugar cae el agua sobre una fuente; es la osamenta blanca del pájaro entre el estruendo de las chicharras, la risa de mujeres descalzas, es un viento frío acariciando tu cara, hinchando tu camisa mientras aceleras la moto bañado en los olores nocturnos del campo; es la piel desde hace siglos ennegrecida de los que nada tienen, el curso oscuro de las acequias mientras todos duermen, el asfalto pegajoso, la luna de agosto; es la fila de hormigas y la sal quemando las fosas nasales, un rastro pegajoso de coco y frutas en los hombros, eres tú tirado en la arena mirando las estrellas, es el camino de Ronda vacío a las cinco de la tarde, prefiguración de la muerte; son las grandes tormentas y la sed de los segadores, es una canción idiota sonando desde una ventana y que años después llegarás a querer porque la memoria lo absuelve todo, son las primeras, incurables decepciones, son verbenas junto al mar, faroles de papel y bombillas cerca de los barcos varados en la playa; son los largos atardeceres y la certeza de que algún día todo eso acabará. Es el puto verano. Y aquí está de nuevo, otro, el mismo.

 
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